El caos del tráfico será un dolor de cabeza
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El caos del tráfico será un dolor de cabeza
Largas filas en los aeropuertos, taxistas que no quieren trabajar y el Metro más antiguo del planeta: todo ello, junto con la gran afluencia de espectadores que se espera durante los Juegos Olímpicos, son razones para que Londres tema hacer el ridículo.
¿Es la capital británica una ciudad capaz de organizar un evento internacional que satisfaga a todas las partes? Sebastian Coe es optimista: “Sabemos cómo hacer algo”, asegura con un tono conciliador. Al fin y al cabo, los Juegos Olímpicos no son el primer gran acontecimiento que se organiza a orillas del río Támesis.
El aeropuerto de Gatwick, al sur de Londres, fue el primero en sentir el desconcierto: largas filas en los mostradores de documentación, viajeros que huyen y empleados indefensos.
Un poco más tarde se repetía la misma escena en el aeropuerto de Heathrow, al oeste de la ciudad. Los viajeros tuvieron que esperar dos horas en su ciudad de salida para aterrizar en Londres.
Y varias semanas después, lo mismo en otro aeropuerto, Stansted, al norte de la capital británica. Londres, definitivamente, no necesita de los juegos para crear un caos en su red de transportes.
Jubilee, la línea principal del Metro de Londres, que une el centro de la ciudad con el parque olímpico, ocasiona problemas a diario. Y la empresa estatal encargada del transporte (Transport for London) parece al borde de la desesperación.
“Ir un tramo a pie podría ser más rápido durante los juegos” es uno de los consejos para evitar el caos. En la campaña publicitaria se gastaron 8.8 millones de libras (alrededor de 11 millones de dólares).
El jefe de Transport for London, Peter Hendy, es consciente de la situación que se espera del 27 de julio al 12 de agosto y aconseja a los trabajadores que hagan sus tareas desde casa siempre que sea posible.
Londres es la capital de los ciudadanos viajeros. Debido al alto precio de las viviendas en el centro de la metrópoli, pocos habitantes pueden permitirse el lujo de rentar o adquirir un apartamento en las inmediaciones de Picadilly Circus o Trafalgar Square.
Los trabajadores de ingreso normal residen en viviendas de la zona de transporte dos o tres, pero hay familias que viven incluso más lejos.
El Metro es el principal medio para trasladarse al trabajo, ya que no existe una eficiente red de carreteras. El Underground –con 150 años, es el más antiguo del mundo– constituye la arteria principal por la que circula la gran mayoría de los más de 12 millones de habitantes, contando la zona conurbada.
En los últimos siete años se invirtieron hasta 6 mil millones de libras (casi 10 mil millones de dólares) en el sistema de transporte de la capital británica: se construyeron nuevas líneas de Metro, se reformaron vagones y se modernizaron las señales.
Sin embargo, la ciudad crece a un ritmo más vertiginoso que su subterráneo, sus aeropuertos y sus estaciones de ferrocarril. La red apenas puede dar cabida a tanta gente en un día normal de trabajo.
Mientras que el alcalde de Londres, Boris Johnson, no quiere saber nada sobre el caos en el transporte, existen otras voces escépticas. “Habrá problemas y la línea Jubilee fallará”, comentó desde dos meses antes de los juegos el director de la compañía ferroviaria Network Rail, David Higgins, al diario Financial Times.
Los organizadores, en cambio, lo asumen con calma y prudencia. “No debemos alterarnos, no tenemos que ser presas del pánico”.
Pero el pánico sí se apoderará de los 25 mil taxistas londinenses y muchos de ellos no quieren trabajar durante los juegos. Richard Massett, miembro del sindicato de taxistas, muestra su desconfianza y profetiza: “Habrá muchos problemas para llevar a la gente a su lugar de destino. Y entonces tendremos que soportar la frustración de los pasajeros. Habrá muchos atascos y el precio del servicio va a subir”.
Los cabbies, como se conocen los taxis en Londres, utilizan el carril exclusivo del bus para avanzar más aprisa. Sin embargo, una parte de estas vías será reservada para la familia olímpica: atletas, periodistas, funcionarios y patrocinadores.
(Michael Donhauser / DPA)