Esto no se acaba hasta que se acaba
Política - Página: 24 - No.283 o descarga el PDF (0.53 MB).Las 300 horas de López Obrador
Esto no se acaba hasta que se acaba
Más de 50 mil horas ha acumulado Andrés Manuel López Obrador en esta campaña, desde aquel 6 de julio de 2006. Hoy, se acerca al tramo final, al momento más importante. “Es la última oportunidad para salvar al país”, clama ante miles de sus simpatizantes.
Lo cierto es que el panorama no parece fácil para el tabasqueño. Faltan poco más de 300 horas para las elecciones y el reloj de las encuestas sigue corriendo. Los números están en el aire y queda poco tiempo para que López Obrador consiga empatar y vencer a Enrique Peña Nieto.
Sus palabras infunden seguridad y confianza entre sus seguidores. Su carisma es capaz de remover no sólo la indignación de la gente, sino también su entusiasmo y su alegría. Por energía, ímpetu y tenacidad, nadie lo puede vencer. Pero eso no basta.
Lo que necesita son votos y aún le faltan. Él parece saberlo y, sin embargo, aún se toma su tiempo. Porque, como diría uno de los clásicos del béisbol, deporte al cual es adicto, “esto no se acaba hasta que se acaba”.
Por Carlos Acuña carlosac@m–x.com.mx • @esecarlo
Fotografías: Eduardo Loza
Puebla, Puebla.- Andrés Manuel López Obrador entrecierra los ojos y mira hacia el cielo nocturno. Arriba, las nubes amenazan con rasgarse y dejar caer toda la lluvia. Él sonríe, se toma un par de segundos para seguir hablando. Abajo revolotean los gritos, las banderas ondeándose, los carteles con mensajes, los aplausos, las porras y las consignas. El mar de gente que hoy grita su nombre.
Este sábado 16 de junio, el Estadio Hermanos Serdán de la ciudad de Puebla luce más lleno que nunca. Ni uno solo de los más de 12 mil asientos, sin contar las sillas sobre el césped recién cortado, ha quedado sin ocupar. Las cornetas y las porras resuenan a tope, como si el aire estuviera a punto de acabarse.
–Ésta es la última oportunidad para salvar este país –exclama de pronto el tabasqueño. Dice estar orgulloso de encontrarse en un estadio de béisbol, su deporte favorito–. Hace seis años nos faltaba organización, ahora tenemos representantes en cada estado, en cada uno de los municipios. ¡Vamos a rescatar a la Nación!
Lo cierto es que el panorama no parece fácil para el tabasqueño. Faltan poco más de 300 horas para las elecciones presidenciales y el reloj de las encuestas sigue corriendo. Los números están en el aire y queda poco tiempo para que López Obrador consiga empatar y vencer a Enrique Peña Nieto. Necesita un golpe contundente, un verdadero batacazo para ganar la elección.
Él parece saberlo y, sin embargo, se toma su tiempo. Debe tener presente a cada rato aquella frase pronunciada por Yogi Berra, uno de los más famosos beisbolistas de los Yankees de NuevaYork: “Esto no se acaba hasta que se acaba”.
Y es que el tabasqueño arrastra un largo y sinuoso camino. Seis años de campaña, de recorrer todo el país bajo las condiciones más incómodas y austeras, de escuchar sin parar historias de injusticia, miseria, desigualdad, de intentar convencer a la gente de organizarse, de afiliarse, de creer en un nuevo tipo de política. No, una proeza de ese tamaño no es nada fácil. Si hay algo admirable en este hombre es su tenacidad, su fe.
¿Qué pasará si no logra su objetivo? ¿A dónde irá este hombre? ¿Se refugiará en sí mismo y se olvidará de la política y la vida pública?
Imposible saberlo. Por el momento, López Obrador no parece pensar en eso. Sus palabras infunden seguridad y confianza. Mientras habla, su dedo índice se agita en el aire marcando el ritmo de su voz costeña. La multitud se desvive a cada una de sus frases y una porra tras otra se eleva desde las gradas como si en lugar de estar escuchando a un candidato observaran a un bateador estrella.
–Hace unos días el ex presidente Fox salió con la canallada de decir que apoyáramos al puntero –bromea con su particular estilo, lleno de pausas, como si todos supiéramos a lo que se refiere–. Pero miren cómo son las cosas, cómo da vueltas la vida. Y es que ahora el puntero soy yo. Así que hay que hacerle caso a Fox: hay que apoyar al puntero.
Y lo dice con la serenidad de quien comparte una verdad irrebatible aunque ninguna encuesta lo coloque aún por encima de su principal adversario. La gente no lo cuestiona. “¡Presidente! ¡Presidente!”, lo llaman a coro.
Hace unas horas, esta misma escena se repetía en Oaxaca. Ayer, en Saltillo y Baja California. Hace dos días en Durango y Zacatecas. Sí, López Obrador vive con prisa. Diariamente el tabasqueño se presenta en al menos dos ciudades distintas para después regresar a la Ciudad de México, desde donde partirá hacia otro estado al día siguiente.
No es sencillo, su itinerario es salvaje, sube y baja por el mapa sin orden aparente. Y es que, a diferencia de sus adversarios, López Obrador presume de hacer sus giras de campaña sin aviones privados, por lo que tiene que atenerse a los horarios de vuelo de Aeromar, una de las aerolíneas más económicas del país.
Aunque sólo una vez el candidato ha perdido un avión, al final de cada acto López Obrador tiene que correr al aeropuerto de cada estado o a las camionetas que lo transportan por tierra. No asistir a un mitin es algo que, según sus colaboradores, le pesa más de lo que podría imaginarse.
Tal vez por eso sea inevitable no contagiarse de su ímpetu. En su voz, frases como “sólo el pueblo puede salvar al pueblo, sólo el pueblo organizado puede salvar a la nación”, parecen nuevas, recién nacidas a pesar de haber sido repetidas hasta el cansancio en cada presentación, en cada entrevista.
–Vamos ganando, se los aseguro. Pero hay que estar muy atentos en el proceso electoral –recomienda a sus seguidores, que lo escuchan ahora en silencio, con una atención respetuosa–. Como se diría en términos de béisbol, hay que andar fildeando las casillas. No hay que confiarnos. ¡Vamos a ganar!
Y nuevamente todo se llena de júbilo. Cientos de globos amarillos se elevan hacia el cielo y las porras se encienden con más fuerza que nunca. Obrador toma aire mientras entrecierra los ojos de nuevo. El viento lo despeina mientras mira una ola recorre el estadio de lado a lado.
* * *
Apenas es mediodía pero el aire ya quema la piel. En la Plaza IV Bicentenario, en la ciudad de Durango, el sol pega parejo. El calor es el enemigo común y se combate con nieves en cada esquina y sombreros de ala ancha. A estas horas, dicen los lugareños, la gente prefiere quedarse en casa, a salvo del clima asesino.
Tal vez eso explique que la plaza luzca desolada, a pesar de que unas bocinas anuncien que falta sólo una hora para que Andrés Manuel López Obrador arribe al lugar, en donde cerrará su campaña a nivel estatal.
Un par de jóvenes esperan sentados en la acera mientras ondean banderas amarillas y más allá una pareja de ancianos se refrescan en la sombra. Algunos curiosos miran desde lejos. Al fondo, sobre el pequeño templete instalado a un costado del Palacio de Gobierno, un hombre, micrófono en mano, entona con voz potente canciones de José José. Un traje ajustado color crema cubre su cuerpo voluminoso y una bufanda chillona cuelga de su cuello a pesar de las altas temperaturas.
Continuamente tiene que enjuagarse los hilos de sudor que escurren por su rostro: Yo que fui tormenta, yo que fui tornado…
No parece importarle la casi total ausencia de foro, ni la indiferencia de los transeúntes. Se entrega a su inexistente público con pasión inaudita. Seguramente se le prometió un público entusiasta, desbordante de emoción electoral, pero la realidad es que, a pesar de anunciar continuamente la visita del candidato de la izquierda, el hombre canta para nadie: Yo que fui volcán, hoy soy un volcán apagado…
–Es que aquí el Peje no cae bien –comenta la cajera de un Oxxo cercano–, como que tiene buenas propuestas el hombre, pero dicen que es medio mentirosillo.
En Durango hay dos cosas innegables. La primera es el calor sofocante que permea todo el territorio: en este lugar hace años que no llueve, actualmente la sequía se ha vuelto el problema público más grave en el estado. La segunda es la fuerte presencia del PRI: en Durango, el partido tricolor jamás ha perdido una elección.
Si bien cada partido hace lo suyo, lo cierto es que la propaganda priista es la que acapara mayoritariamente las calles. La imagen de Jorge Herrera Caldera, el actual gobernador del estado, se multiplica en todas las calles al igual que la de su hijo, Jorge Herrera Delgado, candidato a diputado.
–Poca gente ¿verdad? –se le pregunta a un hombre que observa de lejos el tímido mitin que está a punto de efectuarse.
–Sí, pues. Aquí no queremos a esos del PRD –responde con un marcado acento norteño.
–¿Por qué?
–Pues porque no se mochan. ¿Quién va a votar de a gratis por ellos?
–¿No se mochan?
–Sí, pues, ya sabe –dice el hombre mostrando su mano izquierda al tiempo que frota su dedo índice con su pulgar. Después añade: –Aunque sea unas despensitas para la banda, hay mucha gente aquí que está muy necesitada…
Este mismo comentario se repite continuamente al preguntar a los peatones sobre el éxito del PRI en Durango. A eso parece resumirse la política en este estado norteño. El PRD “no se mocha”, repiten todos, por eso no gana nunca. “Son tacaños”, resume una treintañera que mira el mitin desde la puerta de una tienda de calzado.
De un momento a otro, la plaza se ha llenado hasta la mitad. La mayoría de los asistentes son mujeres y personas de la tercera edad. No se miran muchos jóvenes, apenas una porra compuesta por no más de 10 muchachos y unas cuantas parejas desperdigadas.
–¡Nos avisan que nuestro próximo Presidente está ya llegando a esta plaza! –anuncia el animador y, a pesar de haberlo repetido al menos una decena de ocasiones en la última media hora, esta vez la gente parece creerle–. ¡Que se escuche el aplauso para nuestro señor Presidente!
Repentinamente la Plaza IV Centenario parece repleta. Cientos de personas salen de los establecimientos cercanos en donde esperaban la llegada del candidato protegiéndose del calor. Caravanas de simpatizantes con playeras del PRD o del PT arriban por las calles como pequeños ríos humanos. Un cartel, pequeño y solitario, asoma por entre las sombrillas: “#Yosoy132: no le creas a Televisa. Viva AMLO”.
A pesar de todo, siguen siendo pocos los simpatizantes para lo que podría esperarse en un cierre de campaña estatal, pero el entusiasmo crea la ilusión de que se han multiplicado.
La figura de López Obrador se abre paso entre la muchedumbre que lo cubre por completo. Todos buscan un saludo, una sonrisa, unas palabras, cualquier cosa. El candidato sonríe tímidamente mientras estrecha las manos con fuerza, levanta el puño, recibe regalos y escucha recomendaciones, felicitaciones, abrazos. A su alrededor, la multitud ruge:
–¡Presidente! ¡Presidente!
* * *
Dentro del imaginario político de los mexicanos, López Obrador es no sólo una figura polémica, sino también escurridiza. Difícil de definir por completo. Del mesiánico Peje y el peligroso López Obrador, al cercano Andrés Manuel o al amoroso AMLO hay sólo un paso. Adversarios y seguidores se han encargado de crear un personaje alrededor de la persona, y una niebla de fanatismo y satanización se interpone entre el ciudadano común y el político de carne y hueso.
Posiblemente sea en sus mítines multitudinarios en donde puede encontrarse el aspecto más genuino de la personalidad del candidato de la izquierda. A diferencia de sus apariciones en televisión, en donde su actitud precavida y recelosa lo hace parecer lento e incluso torpe, en los escenarios López Obrador se muestra a sus anchas.
Apenas toma el micrófono, su figura se transforma. La voz, al principio carrasposa y pausada, a los pocos minutos cobra un vigor que estremece. Su espalda se ensancha. El candidato pasa de las afrentas a las bromas, del gesto adusto, combativo, a la sonrisa afable. Tal puede ser el principal motivo del éxito de sus presentaciones en público: su carisma es capaz de remover no sólo la indignación de la gente, sino también su entusiasmo y su alegría.
Hay algo de anacrónico en él. Como si el tiempo no pasara por la figura pública, a pesar de que su rostro luce cada vez más cansado. Los años le han encanecido el cabello por completo y sus ojeras se han vuelto más profundas, pero algo en su forma de desenvolverse hace pensar que el tiempo no toca al tabasqueño.
Hace exactamente seis años, el 14 de junio del 2006, en la ciudad de Tijuana, López Obrador se dirigió a los congregados en la plaza con las siguientes palabras:
–Desde aquí, desde esta plaza, quiero aprovechar para mandar un mensaje respetuoso a los empresarios de nuestro país. Quiero llamar a todo el sector empresarial para que, en un marco de concordia, podamos hacer el compromiso de trabajar juntos por el bien de la nación, de rescatar este país de la severa crisis en la que la tienen sus gobernantes desde hace décadas. Todo indica que vamos a ganar la elección. Vamos a necesitar trabajar juntos, en armonía.
En aquel entonces, el nacido en Macuspana se disputaba la Presidencia con Felipe Calderón Hinojosa, quien entonces ya había empatado al perredista en las encuestas. Como si se tratara de un deja vú de campaña, el discurso se repite casi con exactitud un sexenio después en la ciudad de Durango y en Puebla.
Su dificultad para renovarse y adaptarse a los nuevos tiempos parece ser su mayor flaqueza y a la vez su mayor virtud. Por un lado, le resulta muy complejo generar un nuevo discurso capaz de convencer a los indecisos. Por el otro, para muchos de sus simpatizantes esto es una evidencia fehaciente de su incorruptibilidad.
–Si dice lo mismo es porque es cierto –dice Oswaldo, uno de los pocos jóvenes estudiantes que asisten al mitin de la Plaza IV Bicentenario–. Si no cambia su discurso, tampoco cambiarán sus convicciones cuando llegue a la Presidencia.
Y es que si algo le han reconocido tanto enemigos como simpatizantes al tabasqueño es su honestidad y su tenacidad. El 2 de febrero, en el programa Cambio, conducido por Sergio Aguayo en el Canal Once, el historiador Enrique Krauze –autor de El Mesías Tropical, uno de los textos más fuertes en contra el tabasqueño, publicado en 2006– declaró que Andrés Manuel tenía “grandes cualidades”:
–Por ejemplo, tiene una gran vocación social. No es corrupto, es limpio. Ama a México. Se preocupa por la gente pobre –evaluó Krauze con la determinación que lo caracteriza–. Todas esas cosas son muy respetables. Y, además, su diagnóstico sobre este país necesitado de un cambio profundo también es muy válido.
Otros intelectuales, como el recién fallecido escritor Carlos Fuentes, reafirmaron esta percepción sobre el candidato e incluso declararon que en él residía la única posibilidad verdadera. Incluso en el programa Tercer Grado, uno de los foros desde donde más ha sido atacado el tabasqueño, los comentaristas han reconocido su honradez en varias ocasiones, sin por eso dejar de cuestionarlo por otros frentes.
–Lo que yo no podría discutirle nunca es eso: que es un hombre honrado –declaró Carlos Marín ante las cámaras de Televisa, justo al inicio de las campañas.
–Coincido con Marín –secundó López Dóriga–. Yo a López Obrador le reconozco dos prendas: su honestidad y su dedicación política.
Nadie puede negarle eso. En los últimos seis años, después de la elección de 2006, López Obrador ha dedicado su vida a recorrer el país entero a ras de tierra, un municipio tras otro sin excluir ninguno. Son incontables los miles de kilómetros que ha viajado, las historias que ha escuchado, los rostros que ha visto.
Por eso este momento es aún más decisivo. A unos cuantos días del cierre de su campaña y a sólo un par de semanas de las elecciones, López Obrador se está jugando el todo por el todo. Su carrera política podría depender por entero de estos días. Es por eso que no puede detenerse, ni darse el lujo de menospreciar uno sólo de sus actos públicos, haya cientos o miles de asistentes.
* * *
En Zacatecas, López Obrador es mejor recibido que en Durango. La Plaza Bicentenario, la más grande de esta ciudad, se ha llenado desde tres horas antes de su arribo. Se vive un ambiente festivo en todas las calles aledañas y los vehículos hacen sonar sus cláxons como muestra de apoyo. Los puentes peatonales cercanos están repletos de simpatizantes que buscan compensar la lejanía con la altura para poder observar mejor al candidato del Movimiento Progresista.
Hilario García es un alfarero al que hace siete años le fue amputada su pierna derecha debido a un accidente. Tiene 65 años pero camina a saltos grandes, apoyándose en una muleta. Está aquí, explica, no sólo para respaldar a Andrés Manuel sino también a Claudia Anaya, diputada federal y precandidata a la senaduría por el PRD, quien también perdió movilidad en ambas piernas.
–Aquí en Zacatecas no hay ninguna garantía para nosotros los viejos, ni para nosotros los discapacitados, ni para nosotros los pequeños empresarios –se queja Hilario, mientras da saltos entre la multitud–. El único que nos ha tomado en cuenta es Andrés Manuel y Claudia. Por eso estamos aquí.
Como es su costumbre, López Obrador llega, sin previo aviso, a la plaza. Al igual que hace seis años, el tabasqueño sigue sin aceptar escoltas del Estado Mayor Presidencial. Esta vez, su seguridad corre a cargo de un grupo de jóvenes tabasqueños reclutados por el famoso Nicolás Mollinedo, uno de los colaboradores más cercanos del candidato, quien ha sido su chofer y jefe de logística desde que éste se desempeñara como jefe de gobierno del Distrito Federal.
Pero ante el entusiasmo de los seguidores de Andrés Manuel cualquier seguridad parece insuficiente. La gente lo asedia con comentarios y felicitaciones. Él parece divertido con el entusiasmo que despierta. Bromea con todos, abraza y saluda a cada uno de sus simpatizantes, se deja tomar fotos, despeina a los jóvenes y carga a los niños antes de besarles la mejilla. La valla humana, creada por sus guardias personales, no ayuda mucho. Realmente es su simpatía lo que le permite abrirse paso entre la muchedumbre. Parece un pequeño Moisés haciendo que el mar de gente se parta en dos a su paso.
En medio de la algarabía, Hilario logra acercarse hasta el tabasqueño con brincos atrabancados y gracias a unos cuantos golpes propinados por su muleta. Lo abraza efusivamente mientras le susurra unas palabras al oído. López Obrador lo mira, con un gesto serio, mientras afirma con la cabeza en actitud comprensiva. Después saca de su bolsillo una tarjeta que extiende a Hilario y lo toma del hombro. La escena sucede en unos cuantos segundos, después el candidato prosigue su marcha hacia el templete.
Hilario se muestra feliz. Dice haber conseguido lo que necesitaba mientras presume su nuevo tesoro: una tarjeta de presentación del candidato. Dice que necesita llamarle para presentarle un par de propuestas. Levanta su muleta en alto mientras salta en un solo pie. Tal es el tamaño de su entusiasmo. La dirección y el teléfono impresos sobre el pequeño rectángulo de cartulina corresponden a la casa de campaña del candidato, en la Colonia Roma.
Entre tanto, López Obrador ha tomado el micrófono. El discurso de Durango se repite con unas cuantas variaciones. También aquí habla de la sequía y de las empresas mineras canadienses que, además de dañar el medio ambiente, están exentas de pagar impuestos; habla del abandono del campo y de las madres solteras. De las minorías despreciadas y de los programas sociales.
Habla también de sus adversarios, de cómo “le han copiado” sus propuestas, de las encuestas copeteadas, de la guerra sucia en su contra, de las cuentas que sí salen, del pequeño grupo que se apoderó de México, de los titiriteros que mueven los hilos de la nación.
Lo acompaña Ricardo Monreal, su coordinador de campaña y ex gobernador de Zacatecas. También está Claudia Corichi, hija de la ex gobernadora perredista Amalia García, acusada de corrupción por todos los medios locales y el nuevo gobierno del PRI.
–Dicen que no me salen las cuentas –comenta con una sonrisa, refiriéndose a las críticas que Josefina Vázquez Mota y Gabriel Quadri hicieron durante el segundo debate con respecto a su plan de austeridad, basado en el combate a la corrupción y a los altos sueldos de los funcionarios–. ¡Las cuentas sí salen! ¡Cómo no! Lo que pasa es que tienen miedo de perder sus privilegios. Hay diputados que ganan más de 600 mil pesos al mes.
–¡¿Cuánto gana Monreal?! –grita de pronto una voz solitaria entre la masa.
–¡Monreal ganaba más! –le hacen coro algunos jóvenes pero las protestas se pierden entre las porras y las consignas.
Más tarde, cuando López Obrador pide a los asistentes apoyar a los candidatos a diputados, el público le dedica una rechifla multitudinaria. Claudia Coricci es abucheada por la gran mayoría y otro tanto David Monreal, hermano del ex gobernador.
–Aquí estamos cada vez más amolados –dice más tarde Luis Pérez, un dependiente de una tienda de souvenirs–. Ya no sabemos ni a quién irle. Hace 13 años confiamos en el PRD y terminamos peor que con el PRI. Las obras de Monreal ya se están cayendo, ahí está el Hospital de la Mujer a punto de ser demolido, las calles que pavimentó ya están todas cuarteadas. Y Amalia, ni se diga, esa señora resultó más ratera que Salinas.
–Aquí en Zacatecas, muchos vamos a votar por Obrador porque confiamos en él –secunda Fátima, una mujer regordeta y rubia que compra dulces tradicionales–. Mi voto es para Obrador, no para el PRD ni para el PT. Yo voy a votar por él, no por la gente que trae detrás.
* * *
Las multitudes son incansables. No hay nada más contundente que miles de personas gritando un solo nombre a coro. ¡Obrador, Obrador! Esta noche, en el estadio Estadio Hermanos Serdán, la algarabía no para. Los poblanos brincan, gritan, cantan, levantan el puño. López Obrador los mira con una sonrisa afable, agradecida. “Amor con amor se paga”, ha dicho y los aplausos no se hicieron esperar.
Todos parecen estar haciendo lo posible para que Enrique Peña Nieto, principal adversario político del candidato de la izquierda, no llegue a la Presidencia. Por una parte, el Movimiento #Yosoy132 ha llevado a cabo una serie de movilizaciones en contra del abanderado tricolor, mientras que medios nacionales e internacionales han exhibido su cercana relación con Televisa. Por otro lado, artistas e intelectuales han cerrado filas alrededor del tabasqueño.
Parece que la ventaja de Peña Nieto no cede. Las encuestas siguen manteniéndolo por encima de sus adversarios y aunque López Obrador insiste en que el candidato de Atlacomulco va en picada, la única encuesta que se atreve a colocarlo en empate técnico ha sido la publicada por la empresa Berumen.
No importa. Él proyecta la imagen de victoria. López Obrador recorre el templete de lado a lado, saluda a sus simpatizantes, los señala, les sonríe, les manda un abrazo. Decenas de golondrinas surcan el aire a su alrededor.
Consciente de la alta religiosidad del público que lo aclama, ha enfatizado su discurso en la restauración moral que plantea llevar a cabo en toda la nación. Habla de tener la conciencia limpia y de ser buen cristiano. Lo acompañan su esposa, su hijo y gran parte de su gabinete. Ahí está también Manuel Bartlett, el secretario de Gobernación de Carlos Salinas, y Jesús Ortega. El público aplaude sin distinción. Todos depositan sus ilusiones en aquel hombre que parece no perder el vigor a pesar de los ataques, el tiempo, la vejez en ciernes.
López Obrador guarda silencio. Estos momentos breves después de su discurso sean tal vez los únicos segundos de calma que puede gozar el tabasqueño. Luego vienen las entrevistas, la estrategia, los informes, el monitoreo de su campaña, los vuelos y los viajes.
Una niña de no más de ocho años ha subido al templete. López Obrador no duda en tomarla de la mano. La niña no parece saber de qué se trata todo aquel alboroto, la multitud la confunde y se aferra con más fuerza al brazo del candidato.
Andrés Manuel López Obrador vuelve a achicar los ojos y mirar al cielo. Esta vez sonríe. Escucha a la multitud con regocijo. Sabe bien que depende de aquella gente, no sólo por su adicción a las multitudes, sino porque esta vez camina por la cuerda floja. Se está jugando el todo por el todo, pero ya no le queda mucho por hacer. Ha viajado, hablado, explicado y luchado por más de seis años.
Se despide de Puebla diciéndole a sus seguidores que confíen en él, que van a ganar la Presidencia. Pero tal vez se lo diga a sí mismo. Porque también él necesita confiar en aquellas personas. También él deposita sus ilusiones allí, en aquellos mítines multitudinarios, en aquella gente que aplaude y lanza ovaciones a pesar de los continuos ataques de sus adversarios, a pesar de la monotonía de su discurso y, aunque aquí nadie lo diga, a pesar de sí mismo.
Cientos de globos amarillos vuelan hacia el cielo. ¶