Cómo se detiene una buena lesbiana
Manual de la buena lesbiana - Página: 68 - No.279 o descarga el PDF (0.06 MB).Capítulo 120
Cómo se detiene una buena lesbiana
Por Ana Francis Mor*
Twitter: @anafrancismor
Dejar de correr.
Medir el tiempo de otra manera.
A veces hace falta salir corriendo, detenerse y mirar la estela de prisas que dejamos atrás. Guardar silencio para escuchar los ecos de todo lo que, por falta de tiempo, no pudimos decir.
A mí no me gusta correr… por eso ando en bici. Si corro me duelen las rodillas y se me dispara mucho la evasión. Cuando corro en las máquinas me canso, me cuesta trabajo, me enojo. Cuando corro en la agenda me maltrato, me pierdo, me preocupo, me saturo, me pierdo. Correr no me hace bien, por eso ando en bici.
Medir el día de otra manera.
Respiración por respiración.
Es benéfico forzar el corazón y los pulmones: acelerar el ritmo cardiaco durante 40 minutos al día evita la obesidad y un montón de problemas relacionados. No se puede permitir que el corazón se esté quieto, dormido. Al parecer hay que sacudirlo y ponerle sus buenos chingadazos para que esté sano, vivo, palpitante, amante. Sólo así se regenera.
Contar la vida de otras maneras.
Yo nací hace aproximadamente 3 millones de abrazos, pero necesité unos cientos de miles de besos para llegar hasta donde estoy. De no ser por todos esos besitos de cachete, abrazos, agarradas de nalga, fajoteadas, chupeteadas, mordidas, alientos, respiraciones al oído y promesas de amor, la verdad es que no sería la que soy. Por supuesto, las promesas no duran, son como el epazote y las flores de nochebuena. Pero mientras son, son.
Alimentan, nutren, hidratan.
Planear la alimentación desde su verdadera razón de ser.
Comer sirve para aceitar la maquinaria. Darle combustible.
Moverla. Que siga viva. A mí me gusta comer de todo, menos ansias. Me empacho de muerte si como ansias.
Acostumbro desayunar pan tostado con mermeladas de sabores exóticos. Pero si no me brindan unas cuantas caricias, no hay manera de que me den ganas de levantarme de la cama. El café lo preparo en una prensa francesa, pues creo que de esa manera consigo una cremosidad más honesta, sin vapores, sin máquinas, sin filtros. Una honestidad como la que poseen las miradas de buenos días, que aunque hayan despertado, aún no logran sacudirse lo que les queda de sueño. Despertando, camino al baño (soy quien soy, para bien o para mal. Por eso necesito que me vean caminar al baño tras despertar, para no perder la capacidad de ser honesta).
Antes de dormir tomo té de lavanda, o una de esas mezclas de Duerme-te que venden en el súper. Pero —confieso— la mejor manera para desvanecerme en el sueño es el orgasmo, dormir de cucharitas, los abrazos, los varios minutos de besos, las conversaciones cortas. Muchos abrazos. Porque si no, me ocurre lo mismo que a esas plantas que “no se dan” si les falta agua, luz, viento, sol. No se dan las plantas, no se da el dormir, no se da la sonrisa, no se da la alegría.
Describirnos de otra manera. Medir la evolución de la humanidad desde el coeficiente de la felicidad. De calor del alma, de bienestar.
La verdad es que somos más abrazos que otra cosa. Somos más piel y caricias que BMW. Aire. Agua. Alimento. Abrazos.
Cuerpo. Palabras. Conversaciones. Basta taparse la nariz un minuto para suplicar por aire. Basta perderse en el desierto para soñar con agua. Basta guardar silencio para aprender a conversar. A mí me gusta conversar, me gusta el sonido de mis palabras. Las que salen. Porque las que se quedan dentro gritan, desafinan, y yo soy muy payasa con el oído. Me gusta que las palabras salgan y den la vuelta, porque cuando regresan se están más tranquilas, más a gusto dentro de mí.
Palabras que no salen a pasear se ponen de impertinentes por las madrugadas y se la pasan molestando a los borregos de mi insomnio.
Hablarnos desde otro lugar. Desde el placer de comunicarnos. Porque conversar es un placer. Porque escuchar es subirse a la montaña rusa de alguien más. Emociona, mueve el corazón, el aire. Alimenta. En fin.
Necesitaba no hablar de elecciones ni de violencia de género, ni de narco, ni de sociedad civil organizada. Necesitaba dejar de correr para pensar en las cosas esenciales.