Juan Pablo Villa y la melancolía del caracol

Sonidos urbanos - Página: 08 - No.272

Juan Pablo Villa y la melancolía del caracol

Por Carlos Acuña [email protected]   @esecarlos
Fotografías: Eduardo Loza

Juan Pablo Villa tiene 10 años y está sumergido a mitad de un pequeño lago. El agua le llega hasta el cuello. Lleva horas haciendo lo mismo, hipnotizado por una especie de juego que acaba de inventarse. Una y otra vez se zambulle hasta el fondo, en donde ha encontrado una pequeña raíz que sobresale del fango. Se aferra a ella con fuerza para evitar que la presión lo devuelva a la superficie. Espera, tratando de estirar los segundos que faltan antes de que se agoten sus reservas de oxígeno. En algún instante, sin saber cómo, Juan Pablo se queda dormido, ahí, en el suelo del lago, aferrado a la pequeña raíz.

Cuando abre los ojos, no entiende por qué está bajo el agua. A su alrededor el silencio es tan profundo que casi puede escuchar el latido de su corazón. Seguramente han pasado apenas unos segundos, pero a él le parece que ha dormido un siglo. No recuerda su nombre, ni cómo llegó ahí, pero comprende que jamás en su vida sentirá tanta paz como ahí.

Aunque sus pulmones piden a gritos una bocanada de aire, no siente prisa. Abajo todo transcurre en cámara lenta. Mira sus manos, todavía aferradas a la raíz. La imagen le parece hermosa, enigmática. Entonces la suelta y el agua lo devuelve lentamente a la superficie.

Veinticinco años después, Juan Pablo todavía recuerda aquel instante.

“Es una experiencia que guardo con mucho cariño y que ejemplifica muy bien ese vínculo tan estrecho que guardo con el agua”, dice. Sus ojos oscuros se abren, enormes, dan vueltas por el cuarto hasta desembocar en la ventana. “El sonido del agua es algo que tengo adentro, que siempre me acompaña”.

A lo largo de su carrera Juan Pablo Villa ha tenido muchos maestros. Aprendió a tocar el piano desde pequeño con profesores particulares; sabe tocar, además, el acordeón y la guitarra, y ha viajado por el mundo aprendiendo todo lo referente a la técnica vocal, su especialidad. Pero si alguien le enseñó realmente a utilizar su voz, cuenta, fue el agua. Con la natación sus pulmones fueron amaestrados en el difícil arte de respirar hondo y de aprovechar minuciosamente cada ración de aire. Cada vez que él se sumergía en cuanto lago, arroyo o alberca se le atravesaba, lo que hacía en realidad era aprender una técnica. Brazada tras brazada entendió que todo ritmo no es más que una forma de avanzar, ya sea a través del agua, pataleando, o a través del aire, haciendo música.

Nadando fue también como compuso sus primeras canciones. Cada que se zambullía Juan Pablo dejaba que las melodías del agua se le enredaran en el caracol del oído y le dictaran palabras y ritmos que más tarde rescataría ya con un piano, ya con una guitarra.

Cuando canta, la voz de Juan Pablo es como un río de muchos cauces que empapa el aire de ese sonido que hace el agua cuando corre.

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Hace tiempo que Juan Pablo Villa dejó de necesitar instrumentos musicales. Para seducir al público le bastan sus cuerdas vocales y un micrófono, a veces una máquina de loops en donde su canto puede bifurcarse infinitas veces.

En el escenario se presenta a sí mismo con modestia, casi como si pidiera permiso para ser escuchado. Respira hondo, cierra los ojos, abre la boca. Un aura callada lo rodea, como ese silencio de pájaros antes de que estalle la tormenta. Poco a poco, de la gruta oscura de su garganta empieza a brotar un torrente inagotable de sonidos. Sus conciertos son un compilado de ritmos y atmósferas que nacen a partir de gruñidos, gárgaras y gritos que se superponen con melodías suaves, melancólicas.

Pero no siempre fue así.

Varios años antes de aterrizar en territorio experimental, Juan Pablo solía aparecer guitarra en mano para interpretar canciones más ligadas a la trova y a los movimientos urbanos que a la vanguardia sonora citadina. Desde entonces ya sobresalía su voz diáfana y potente, además de sus composiciones llenas de palabras inventadas, jitanjáforas y frases sin otro sentido más allá del rítmico.

Sus temas recurrentes son la muerte, los sueños y el agua, siempre el agua. Su propuesta, juguetona y nostálgica a la vez, se aleja de los tópicos de las básicas canciones de protesta o de amor, sin un contenido estético más allá del esperado.

Nunca han sido muchos los artistas con los que Juan Pablo se ha sentido identificado. Solía molestarle sobremanera compartir escenario con ciertos músicos radicalmente opuestos a él. “No soportaba la idea de que la gente que iba a verme a mí, tuviera que escuchar a todos los miembros de la camada rolera (sic), muchos de los cuales eran infumables para mí. Me parecía una falta de respeto para el público”, dice ahora, cuidándose de no soltar nombres.

Por eso se fue alejando. Su disco Ya y Li fue el primer fruto de ese distanciamiento. Con apenas unos cuantos temas con letra y cambiando la guitarra por el piano como instrumento rector, Juan Pablo destapó su facilidad y talento para tocar una variedad de estilos ajenos a la monotonía de la trova y que oscilan desde el jazz más refinado hasta el progresivo experimental, con ciertos guiños a la música clásica. En esta producción, además, se hizo notable la elasticidad de su voz, que alcanzó niveles inéditos.

Juan Pablo decidió entonces dedicarle toda la atención a sus posibilidades vocales. Empezó a viajar. Se quedó varios meses en Francia para desarrollar su técnica vocal. Investigó técnicas no académicas, principalmente relacionadas con los cantos tradicionales de diferentes lugares del mundo. De regreso comenzó a dar cursos de exploración vocal en diferentes puntos de la República, hasta que, en 2007, editó un disco completamente distinto a todo lo que había hecho antes.

Lo tituló La gruta de baba y, más que canciones, contiene sonidos creados todos exclusivamente con el aparato fonador humano. Es una especie de catálogo o enciclopedia de técnicas vocales y sonidos atmosféricos, pero incluyó también dos canciones tradicionales cardenches, un tipo de canto a cuatro voces exclusivo de algunos poblados campesinos de Durango.

“Era algo que yo necesitaba hacer. En ese tiempo pensaba que la gente me la iba a mentar. Pero decidí arriesgarme y afortunadamente he sido bien recibido”.

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Al menos cada dos meses, Juan Pablo Villa hace maletas y se va de viaje. Unas veces para tomar clases y perfeccionar cada vez más su técnica vocal, otras para presentar su proyecto sonoro a públicos de distintas latitudes. Apenas el año pasado viajó a Nanto, un pequeño pueblo de Japón en donde cada año se organiza un festival de música de todo el mundo. Durante varias semanas vivió con una familia japonesa y debió adaptarse a sus costumbres, sus horarios. Dormía en tatamis y comía al estilo tradicional japonés.

“Cuando viajo me gusta relacionarme con la gente común, no sólo con los artistas. Saber cómo viven, cuáles son sus fiestas”, dice mientras juega con un pedazo de papel. Sus manos manipulan constantemente los objetos que encuentran en su camino. “El viaje a Nanto me cambió mucho en ese aspecto. Allá la gente es extremadamente amable. Es un pueblo silencioso, en donde se dan momentos de contemplación eternos e inevitablemente uno reflexiona sobre todo lo que le rodea. Creo que regresé siendo una mejor persona”.

Ese constante vagabundeo se refleja en su música. En su voz uno puede encontrar desde el canto de gargante inuit de los esquimales canadienses hasta el canto armónico tuvalés de las estepas mongolas.

Sin embargo, Juan Pablo siempre regresa a México. Se considera a sí mismo un chilango aferrado. No se imagina sin el ruido de sus calles ni sus canciones tradicionales. Por eso fue tan conmovedor para él descubrir el cardenche, un tipo de canto que los mismos cardencheros definen tan doloroso como las espinas de los cactus: profundas y difíciles de sacar.

Juan Pablo no se imaginaba que en este país existiera un canto como el de los campesinos duranguenses, nacido del dolor y las carencias.

En 2006 viajó a Sapioriz, Durango, para conocer a los últimos cardencheros de la región. Estuvo con ellos cuatro días, visitó sus plantíos de pepino, se bañó con ellos en el río y los escuchó cantar.

“Antes de irme les pedí permiso para usar sus canciones. Ellos me lo dieron con mucho gusto; en agradecimiento, yo les canté mi interpretación de Al pie de un árbol, uno de los cardenches que después incluí en mi disco”.

Arriba del escenario Juan Pablo Villa se sumerge cada vez más en sí mismo. En su cabeza “las palabras van perdiendo su sentido, el mundo su consistencia”, confiesa, intentando definir qué ocurre en su interior cuando está al frente de un micrófono. Aparecen imágenes, sensaciones, atmósferas que Juan Pablo trata de traducir al vuelo, transformarlas de inmediato en un ritmo.

Curiosamente, el músico no para de cantar aunque ya esté fuera del escenario. Lo hace en todas partes y con cualquier pretexto. Camina por su casa mientras tararea canciones infantiles, vocaliza mientras cocina, le hace coro a su pequeña hija cuando ella hace gorgoritos con la sopa. Canta como si fuera un tic, un acto reflejo, casi sin darse cuenta.

Quién sabe, tal vez sea un asunto genético. Juan Pablo todavía se acuerda de aquellos domingos cuando su padre, arquitecto de profesión, despertaba a sus dos hijos a primera hora de la madrugada con discos de óperas a todo volumen o con los versos rancheros de Jorge Negrete y Pedro Infante. Desde muy niño Juan Pablo sintió su piel erizarse ante el portento de un falsete bien ejecutado.

En su tiempo libre, la madre de Juan Pablo participaba en un cuarteto coral. Uno de los primeros recuerdos del músico es precisamente la maternal voz entonando una canción de cuna para hacerlo dormir. Aún la recuerda, dice justo antes de entonar a todo volumen:

Caracolito, caracolito
¿quién te hizo tan chiquito?
Si en la arena te me escondes
te va a llevar el mar
Y entonces, caracolito,
no te podré encontrar…

“Era una canción infantil, aparentemente inofensiva, pero ahora que pienso en ella me parece tristísima. A veces siento que es por esa imagen, la del mar tragándose al caracolito, que soy tan nostálgico”.

Para Juan Pablo Villa hacer música y cantar son sinónimos de sumergirse, de nadar hasta lo más hondo, de quedarse sin aliento. Por eso, en sus presentaciones en vivo, siempre cierra los ojos. Los abre hasta que ha terminado y una oleada de aplausos lo regresan a la superficie. A veces parece que duerme, que sigue aferrado a aquella pequeña raíz que encontró en su infancia, en el fondo de un lago.

 

Idioma

Hago muchas canciones en español, pero también me gusta inventar palabras y frases que no signifiquen nada. En mi faceta de exploración e improvisación vocal me puedo llegar a inventar todo un idioma.

Influencias

Cantos tradicionales de todo el mundo, desde el son jarocho y el canto cardenche, hasta el canto tuvalés de los mongoles, el de los inuit, la improvisación tipo Mike Patton y Bobby McLaughin; Jane’s Adiction, Queen, Silvio Rodríguez, el rock en español de los noventa.

A qué suena la ciudad

A latas. A rugidos y a gritos, combinados con melodías y armonías. Hay mucho barullo de tráilers, motores y cosas construyéndose todo el tiempo. Lo genial es que dentro de todo ese desconcierto caótico uno puede encontrar cierto orden, incluso una armonía.

La ciudad me ha enseñado mucho sobre cómo improvisar. No sé qué tiene el DF que cualquier cosa suena muy bien aquí.

En 5 años

Viajando, haciendo música y con mi familia.

Proyectos

Además de presentarme yo solo, estuve musicalizando la película Nanook, el esquimal para el ciclo Bandas sonoras de la Cineteca Nacional.

Ahora me estoy presentando junto a Mardonio Carballo en un espectáculo llamado Xolo, del cual estamos a punto de sacar un disco. También estoy trabajando en Solo voz, donde quiero despojarme de los instrumentos, ortodoxos y electrónicos, para dar un concierto utilizando únicamente mi voz.




		

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