Steampunks

Retrofuturistas al vapor
Reporte punk - Página: 10 - No.271

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Steampunks

Retrofuturistas al vapor

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En plena revolución tecnológica, un grupo de jóvenes fantasean con vivir en el siglo XIX. Visten y se comportan bajo los principios de la Inglaterra victoriana. Piensan que el vapor debería ser la principal fuente de energía motriz, en lugar de la gasolina o la electricidad; y desprecian el plástico frente a materiales orgánicos, como la madera o el cobre.

Son los steampunks, también conocidos como neovictorianos o retrofuturistas. Prima hermana de los góticos y los medievales, esta nueva tribu urbana deambula por las calles presumiendo elegancia y buenas maneras. Su movimiento, aseguran los steamers, no es una simple moda, sino una crítica a la trivialidad de nuestros tiempos.

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Por Carlos Acuña [email protected]
Fotografías: Eduardo Loza

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Johannes Serpens nació hace casi dos siglos, un nublado lunes de agosto de 1859, cuando los territorios del imperio alemán aún no se unificaban. Poco se sabe de su biografía, salvo que huyó muy joven de su natal Hannover —al sentirse amenazado por sus ideas políticas— y que vagó por el mundo hasta llegar a México, donde fue contratado por un empresario chino para trabajar en la compañía de ferrocarriles.

Hoy se considera a sí mismo un intruso histórico. Sabe que en el nuevo milenio no hay espacio para los caballeros de su tipo. Para ocultar su nacionalidad se hace llamar Juan Antonio Sánchez y finge ser un abogado mexicano de 45 años, casado, con hijos. Tener la piel morena le resulta de gran ayuda para disimular su origen germano. Sin embargo, no importa cuántas precauciones tome, la gente nota enseguida algo extraño en su forma de hablar y vestir.

“Permitámonos imaginar otros rumbos posibles de la Historia”, propone este distinguido gentleman mientras hace volutas con el humo de su cigarrillo.

Lleva puesto un chaleco color hueso bordado con motivos florales; unos gogles de cobre descansan sobre su sombrero de bombín y el tacón de sus botas altas golpea con firmeza el piso mientras camina y pregunta con cierta grandilocuencia: “¿Qué hubiera pasado si Inglaterra fuera todavía la potencia más importante del mundo, si el petróleo nunca hubiera sustituido al vapor como fuerza motriz, si la moral victoriana imperara en nuestro trato cotidiano?”.

A su alrededor las miradas lo recorren de pies a cabeza: su atuendo desencaja completamente con el lugar. No es para menos. Juan Antonio se ha propuesto vivir bajo los preceptos de la Inglaterra del siglo XIX y considera a Charles Darwin, a la reina Victoria y a Jack El Destripador sus contemporáneos. Lector de los postulados anarquistas de Max Stirner, dice que, de haber conocido a los hermanos Flores Magón, habría simpatizado con sus ideas.

Camina lentamente. Dota de cierto dramatismo sus pasos, hace gala de su porte. Su gallardía despierta la risa y la curiosidad en igual medida; él se limita a responder con una risita afable a la estupefacción de quienes lo señalan.

“Es una locura, una empresa casi quijotesca —reconoce mientras enciende su segundo cigarrillo. Su mirada es asimétrica, uno de sus ojos se abre más que el otro mientras una sonrisa torcida termina por dibujar en su cara un gesto de científico loco—. Pero precisamente por eso resulta tan fascinante”.

Es cierto, lo suyo parece un disparate. Lo increíble, en todo caso, es que Johannes Serpens, alias Juan Antonio Sánchez, no está solo en esta especie de aventura retrofuturista.

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Recorren las calles vestidos a la usanza de la Inglaterra victoriana. Se distinguen por su trato gentil y correcto entre damas y caballeros. Dicen ser piratas aéreos, cazadores de monstruos, aristócratas, inventores o científicos locos. Se asumen como steampunks.

Si se les ve de lejos, parecen unos muchachos inocentes jugando a vivir en otra era. Si se miran de cerca, sorprende lo lejos que han llevado el juego.

Su misión es vivir una ucronía: contaminar el pasado con el futuro y viceversa. Influidos por la literatura de ciencia ficción, los steamers parecen recién salidos de una máquina del tiempo o de una fiesta disfraces. Sus intenciones, sin embargo, van más allá de la estética. Con su vestimenta pretenden “hacer una crítica al siglo XXI, en el que la tecnología y el consumo se han vuelto más importantes que las personas”.

“Somos una especie de artesanos modernos”, explica Hugo, conocido como Renkar en el submundo del steampunk. Es músico y también se dedica al mantenimiento de sistemas cómputo, lo cual le permite aprovechar su inusual habilidad para armar y desarmar cosas. “Los steamers trabajamos creando o modificando los objetos de acuerdo a nuestro imaginario histórico. No estamos contra la tecnología sino de la frialdad y el consumismo que ésta genera”.

Pueden pasar días enteros interviniendo un celular o una computadora para darle apariencia victoriana. El plástico es remplazado por madera, cobre y diseños extravagantes en donde se hacen visibles engranes, mangueras e intrincados mecanismos. Así, entre los diferentes artilugios de corte steampunk, se pueden hallar computadoras con teclado de máquina de escribir y gabinetes de cobre, bocinas de fonógrafos adaptadas para iPod o celulares forrados de madera cuyo armazón funciona con engranes.

“Me encontré unos planos para construir una motocicleta que se mueve a base de vapor utilizando una pequeña caldera —comenta Renkar a sus compañeros—, creo que podríamos construirla sin mucho problema”.

En el resto del mundo, principalmente en Estados Unidos y Europa, el movimiento steampunk lleva más de una década de existencia; se ha consolidado como una corriente contracultural de literatura, diseño y tecnología.

En México hace apenas un par años que empezó a conformarse como un grupo, por lo que todavía genera extrañeza ver deambular por las calles a hombres con chistera y bastones o mujeres con corsés y crinolinas.

También generan cierta animadversión entre las otras tribus urbanas, que los han calificado de “moda ridícula”, “niños inocentes”, “hippies posmodernos”… Los steamers hacen caso omiso de las burlas, cobijados por sus atuendos y una filosofía propia que los valida.

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El siglo XIX nació con Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela de Mary Shelley. Le siguieron los famosos Viajes extraordinarios de Julio Verne y La máquina del tiempo de H.G. Wells. La ciencia ficción surgió a la par de la Revolución Industrial en la Inglaterra victoriana.

Hoy, casi dos siglos después, los steampunks han redescubierto a estos viejos autores y han hecho de sus obras el principal eje de su estética e ideología.

“Mi novela favorita siempre fue De la Tierra a la Luna —cuenta Renkar con entusiasmo, cubierto por un sombrero de copa y un chaleco oscuro estampado con líneas delgadas—. Además de la historia de Verne, que es absolutamente fabulosa, podía pasarme días enteros observando las ilustraciones hechas por Henri de Montaut”.

En su muñeca izquierda porta un reloj dorado del que sobresale un extraño mecanismo de tubos y engranes.

Unas patillas ligeramente pelirrojas enmarcan los rasgos afilados de su rostro que terminan por hacerlo parecer un lord irlandés extraviado en la Ciudad de México. Su vocabulario es amplio y minuciosamente correcto, libre de los típicos modismos de los jóvenes. Por momentos da la impresión de que está actuando. Pero en los ojos de Renkar hierve una inocencia demasiado evidente: no interpreta a un personaje, él es el personaje.

“Es cierto que el steampunk se nutre de los escritores ingleses del siglo XIX —continúa justo antes de respirar hondo y sumergirse en una explicación larga, llena de detalles—, pero curiosamente el origen de este movimiento se sitúa en California, en la voz de otros autores, pertenecientes todos ellos a los años setenta”.

En 1822 un científico inglés, Charles Babbage, diseñó un artefacto de cálculo impulsado exclusivamente por vapor. Lo llamó “máquina diferencial” y proponía su uso ya no sólo para sustituir la fuerza, sino como una herramienta de cómputo que podía realizar operaciones matemáticas. En un inicio el gobierno británico apoyó el proyecto pero, al juzgar que los avances de Babbage eran demasiados lentos, retiró el financiamiento y la máquina diferencial quedó inconclusa.

“¿Qué hubiera pasado si el gobierno británico hubiese apoyado hasta el final la construcción de la máquina de Babbage?”, se pregunta Hugo con dramatismo, dejando unos puntos suspensivos en el aire…

Ésa es la pregunta que intenta responder la novela La máquina diferencial, escrita a cuatro manos por Bruce Sterling y William Gibson, relata Renkar unos segundos después, sumergido en su propio monólogo.

En la novela, Charles Babbage no sólo logra construir su máquina sino que gracias a eso se desatan una serie de acontecimientos tecnológicos y políticos que hacen que el imperio británico alcance un poder inimaginable, mucho mayor que el que tuvo en la realidad; extiende su dominio por todo el mundo, impide el desarrollo de Estados Unidos como potencia y hace del vapor (steam en inglés) la principal energía motriz, en lugar del petróleo o la gasolina.

Como sus ídolos de ciencia ficción, los steampunks han hecho de la especulación su principal móvil y de la imaginación, una forma alterna de vida. Todos tienen sobrenombres que hacen referencia a otra época y a otra geografía; algunos se asignan atuendos específicos, crean biografías ficticias y profesiones imposibles. Intentan representar ese papel a diario y se reúnen al menos una vez al mes para intercambiar experiencias y puntos de vista.

“El steampunk nace de la ficción, es cierto, pero quiere ir mucho más allá —expone luego Johannes Serpens, quien también es subdirector del foro Steampunk México y uno de los principales promotores de este movimiento en nuestro país—. No se trata de jugar a los disfraces sino de aplicar ciertos principios en nuestra vida cotidiana. Dejar que la ficción se infiltre en la realidad hasta cambiarla por completo”.

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Su segundo apellido es Parker, pero a Paola Cristina no le gusta que la relacionen con Peter Parker, el Hombre Araña.

—Mi bisabuelo era inglés —dice con aire engreído y dando a entender con ello que su relación con el steampunk va más allá de la apariencia y la moda: por sus venas corre sangre victoriana.

A fines del siglo XIX John Parker Murry llegó a México para trabajar en la construcción de las vías ferroviarias que atravesarían todo el país. Hizo una fortuna vendiendo su conocimiento al gobierno mexicano. No obstante, tras la expropiación de los bienes de los ferrocarriles, decretada por Lázaro Cárdenas en 1937, perdió todo su dinero y quedó en la ruina en un país ajeno.

Viejo y agobiado por las deudas, un día John Parker Murry decidió meterse una pistola en la boca y llenarse el cráneo de pólvora con un solo disparo. Pero no supo hacerlo bien. Días más tarde, un desconocido entraría al hospital donde intentaba recuperarse de su intento de suicidio y terminaría por matarlo de dos tiros, uno en la cabeza y otro en el pecho.

En honor a su bisabuelo, toda la familia de Paola Cristina adoptó las costumbres inglesas en el trato con sus semejantes. A diferencia de sus compañeros steamers, ella no necesita inventarse un personaje, le basta contar la historia de su bisabuelo para asombrarlos a todos.

A los steampunks les gusta investigar sobre sus historias familiares. Todos tienen anécdotas de la Revolución, de cuando sus bisabuelos hacendados se enfrentaron a los batallones de Emiliano Zapata o de cuando alguna abuela judía fue perseguida durante la Guerra Cristera.

Pueden pasar horas intercambiando narraciones, ficticias o reales. Ahora las publican en una revista mensual, y han creado una estación de radio por internet en donde además de contar sus historias discuten sobre su movimiento.

Los steamers mexicanos admiten que su propuesta puede parecer ingenua, comparada con la de los punks setenteros o los góticos de los años ochenta.

La mayoría de ellos son jóvenes entre los 16 y los 25 años, muchos de ellos con problemas de identidad, que prefieren divertirse con identidades fantásticas antes de decidir quién quieren ser en el mundo real. Sí saben que es imposible ser auténticos habitantes del siglo XIX, pero no creen que por eso su propuesta esté fuera de lugar. En cambio, creen que el steampunk es una forma original de denunciar la insustancial y frívola época en que les ha tocado vivir, una manera de derribar el mito moderno del progreso.

“En el fondo, los steampunks —concluye Renkar— tratamos de poner en evidencia la caducidad de todas las épocas, con todos sus valores y principios. Deberíamos ser libres de elegir en qué siglo vivimos, al menos en nuestra imaginación”.

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Corre el año de 1889. A bordo de un pequeño buque de carga, Johannes Serpens se aleja para siempre de Alemania. El escándalo de la embarcación supera por mucho el de las olas que rompen, una tras otra, contra el casco.

En ocasiones como ésta, le gusta creer que su cabeza funciona exactamente como la máquina que mueve a un barco o a una locomotora, y que bajo su sombrero se aloja un mecanismo lleno de turbinas y engranes accionados por la presión del vapor.

Mirando el océano Atlántico piensa en su otra vida, la que acontece más de 100 años después y en donde todo parece absurdo. La vida real, a fin de cuentas: ésa donde él no es alemán ni mecánico ni aventurero, sino un abogado mexicano de 45 años y en donde todo lo que ahora lo rodea no es sino una fantasía romántica compartida por apenas unos cuantos.

🙂

Comentarios (1)

  • Alejandro Morales Mariaca

    El Steampunk es un género multidisciplinario que no se reduce únicamente a lo estético. También hay escritores en México que escribimos relatos y novelas steampunk, sin embargo no tenemos muchos foros o espacios en el país para darlos a conocer, por lo que tenemos que publicar nuestros escritos en España, principalmente. Algo que por otra parte sucede sin importar lo que uno escriba.
    Buen artículo, saludos.

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