Mis desacuerdos con Javier Sicilia
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Por Raúl Trejo Delarbre
Le tengo respeto a Javier Sicilia y he experimentado una sincera solidaridad con su situación. El dolor indescriptible que ha padecido, supo acompañarlo de una actitud de reivindicación y exigencia cívicas que ha removido emociones y convicciones en todo el país. Pero creo que el foco, el foro y el fondo de sus exigencias están equivocados.
Hoy Sicilia es un actor fundamental en el escenario político mexicano. Sus guiños y gestos son reproducidos en numerosos medios. No hay político ni gobernante que se rehúse a rendirle cuentas. Sus reproches se han extendido a todo el entramado público y las reivindicaciones que propone están conformando un programa como el de un partido. Sólo que, de manera discreta y a veces no tanto, Sicilia y sus seguidores dicen estar en contra de la política y de los políticos.
Tal contradicción hace amorfo y confuso, al mismo tiempo que demuestra una gran vitalidad mediática, al movimiento encabezado por dicho escritor. Sus banderas iniciales eran claras, aunque discutibles. El reproche al gobierno por la violencia de la cual han sido víctimas, entre muchos otros, los familiares de Sicilia y algunos de sus compañeros en este esfuerzo fue, por decirlo de manera sencilla, parcial y arbitrario.
Los elementos de algunas corporaciones de seguridad pública han sido culpables de abusos e incluso crímenes. Pero al colocar el énfasis en la denuncia contra el poder político, sin recordar que antes que nada los culpables de la violencia que ha golpeado al país son los jefes del crimen organizado, la denuncia de Sicilia y socios resultó riesgosamente incompleta.
Las medidas del gobierno para enfrentar a la delincuencia pueden ser controvertibles, aunque nadie ha propuesto –ni siquiera el movimiento de Sicilia– una estrategia sustancialmente distinta. Con frecuencia ha parecido que, más que el combate a la delincuencia, les interesa combatir al gobierno o al poder político en general. Luego se abrazan y besan con los gobernantes y aumenta la confusión acerca de sus motivos y objetivos.
Que los cuerpos de seguridad pública rindan cuentas, que se recuperen nombres y apellidos de las víctimas, que los derechos humanos sean respetados, son exigencias compartibles y elementales. Lo más lógico sería suponer que para enfrentar a la violencia es preciso que el país esté cohesionado en contra de los criminales. Pero a juzgar por sus dichos, la batalla contra los delincuentes les interesa menos que alcanzar otras reivindicaciones.
De ser expresión de algunos familiares de las víctimas, ese grupo ha pasado a constituirse en una suerte de auditoría moral del poder político. Y uno, como ciudadano, más allá de solidaridades y emociones, tiene derecho a preguntarse a cuenta de qué el movimiento de don Javier se erige en fiscal de nuestra vida pública.
Resulta inquietante esa tendencia a subordinar los asuntos públicos a un personaje carismático, que para muchos puede ser entrañable pero que nadie ha elegido para representar a nadie.
Lo más sorprendente es la docilidad con que muchos políticos se subyugan a esa inopinada fiscalía y a quien la encabeza. Lo hacen debido al reconocimiento que Sicilia y su causa han suscitado en los medios de comunicación. Quizá, despistados como suelen ser en su apreciación de los medios, tales políticos ambicionan compartir el prestigio de ese movimiento. Pero cuando se disputan el micrófono para “pedir perdón” como con tanta arrogancia les exige el poeta, reiteran y empeoran la demagogia que ya les conocíamos.
En los encuentros que han sostenido los dirigentes de ese movimiento con el presidente Felipe Calderón y luego con legisladores se han presentado denuncias, en ocasiones conmovedoras pero también indignantes, acerca de omisiones y excesos de distintas autoridades.
Cuando el poeta y los suyos exigen disculpas, quedan a un lado las consecuencias jurídicas, como si tales faltas se resolvieran tan sólo con que los funcionarios o legisladores soliciten que los perdonen. Nomás faltaba.
Son demasiadas disculpas. Las responsabilidades legales de servidores públicos, e incluso de criminales, están siendo desplazadas por esas insólitas ceremonias del perdón. Ahora el sacerdote Alejandro Solalinde pide “perdón a Los Zetas, a todos los delincuentes y a todos los hermanos que les hemos fallado”.
La solidaridad con Sicilia y socios no puede llegar tan lejos. Trivializan el perdón, que es una de las actitudes sociales y humanas más elementales, y comprometen el ejercicio de la justicia. Eso sí es imperdonable.
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Luis
Me parece, y todo parecer es una opinión, usted se pregunta y se responde, a medias. Lo más elemental, no por serlo, es lo que vivimos, el aparato de injusticias e impunidad que vivimos, no se lo podemos reclamar a los criminales, es al gobiernos, ellos son los interlocutores de la sociedad.
Para usted por desgracia, que piensa y ha vivido del mismo sistema con su lógica, le es dificil ver el origen de la cuestión, lo más elemental es lo que no vivimos. Trivializar con toda mala intención la solidaridad que no sociedad da pena, en lo más elemental también.
Alicia
Efectivamente, las contradicciones de Sicilia son mas que obvias. Cuando en el propio cesto se encuentra el fruto podrido, hoy nadie recuerda sus palabras “ya no hay honor entre los delincuentes”, pues mas claro no podría haber sido el admitir que su propia sangre era la causa de la muerte del ser querido. Los intereses ni se cuestionan, ya nos queda claro pues las acciones dicen mucho, mucho mas, que las palabras.
O acaso nos olvidamos que la verdadera acción no la toma nuestra clase política sino el pueblo cuando más del 50% no acude a las urnas…