Vivir en un gueto
Sociedad - Página: 26 - No.258 o descarga el PDF (1.33 MB)..
Vivir en un gueto
.
Millones de viviendas de interés social se han construido en los últimos 15 años. Lo que podría ser un éxito sin precedente, se convirtió, sin embargo, en una pesadilla para los trabajadores de bajos ingresos que las adquirieron.
Un grupo de desarrolladores inmobiliarios construyeron fraccionamientos a un ritmo endemoniado, con rasgos en común: de mala calidad, aislados, sin servicios básicos ni tiendas, ni parques, ni vías de comunicación eficientes, en el que la convivencia social es una utopía.
“Son auténticos guetos, concentraciones de población empobrecida con los mínimos equipamientos e infraestructura de la peor calidad”, diagnostican los especialistas.
Y aunque todos coinciden en que es un modelo que ya se agotó, el saldo es alarmante: 25.9 por ciento de las viviendas financiadas por el Infonavit entre 2006 y 2009 se encuentran deshabitadas, y la mitad de éstas completamente abandonadas.
Sus habitantes huyen porque es imposible vivir en esas condiciones. El caso extremo de este fenómeno, extendido a todo el país, se ubica en Tlajomulco de Zúñiga, un municipio conurbado de Guadalajara, en el que existen 251 fraccionamientos y en donde 57 mil viviendas –cerca de 33 por ciento del total– están deshabitadas.
emeequis visitó ese municipio para atestiguar como la política de vivienda de los gobiernos federales ha derivado en un auténtico régimen de segregación social.
.
Por Diego Mendiburu
Fotografías: Christian Palma
.
Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco.- Algo hace falta en este lugar. Son las tres de la tarde y los niños no regresan de la escuela ni huele a comida recién hecha. Por las estrechas calles no caminan los ancianos ni ruedan las bicicletas, nadie asoma un ojo por las ventanas. Quién lo iba pensar: hasta es incómodo que los perros no le ladren a uno.
El silencio inquieta. Este debe ser el parque más sigiloso del mundo. Parece que su única función es justificar el nombre de la calle que lo abraza: “Circuito Chimbote”. Y rodeando el enclenque camino, pequeñas casas comparten muros, banquetas, ausencias.
En este rumbo, por cada dos viviendas aparece una huérfana.
Sus habitantes, desaparecidos. Algunos habrán huido, eso es evidente; otros de plano nunca las habitaron, pero es difícil asegurarlo porque casi todas las casas muestran una condición tan maltrecha que parecen haber sufrido la ira de un huracán. Dichosos aquellos que se fueron a tiempo, los que se salvaron de descubrir su casa inundada, su tanque de gas robado o las rejas de su casa violadas.
Muchos de los hogares vacíos están llenos de grafiti y polvo.
Las han dejado como simples cascarones que alguna vez albergaron las confidencias de una familia. Todos los días, dentro de este fraccionamiento llamado Santa Fe, son vaciadas decenas de casas. Lo más fácil es robarse los muebles, las cortinas, los adornos. Pero en un lugar donde las carencias se encuentran democratizadas, todo tiene valor. Por eso se llevan la llave del agua del patio y la tubería superficial.
También arrancan los accesorios del baño: regadera, llaves, lavabo, toallero. Ya no hablemos del tinaco y el lavadero. Hasta los cables de la luz, para extraerles el cobre. Y donde debiera aparecer el retrete sólo queda un enorme boquete negro.
De pronto se rompe el silencio. Una señora de sesenta y tantos años camina hacia su hogar. Acaba de regar una docena de árboles que ella misma plantó en el parque. Sin ese pequeño obsequio, este lugar no sería más que un terreno baldío dejado como dádiva por los desarrolladores. No hay más árboles por aquí, con la excepción de los que crecen en la parcelita que doña Ángeles Nuñez Nava ha procurado desde que llegó al infame fraccionamiento Santa Fe, en Tlajomulco, hace cinco años.
Los vecinos se han comenzado a organizar. Apenas hace tres domingos los residentes del circuito se juntaron para limpiar el parque. Pero ha sido difícil. De la gente que queda, mucha sólo renta, según doña Ángeles, y no le importa si el pasto del parque está cortado o si la basura cubre las banquetas. Otros, de plano, dirán que no debieran estar aquí, mezclados con los que no son como ellos, los que ganan menos, los que sólo tienen educación primaria, los que vienen de otros estados.
Miles y miles de viviendas en Tlajomulco están abandonadas.
El número podría llegar hasta 57 mil, una de cada tres, en este municipio, que es, paradójicamente, el de mayor crecimiento poblacional de todo México, según el censo 2010 del Inegi, con una tasa de 12.5 por ciento.
Pero existen más razones por las cuales este lugar parece condenado al desamparo. Fue olvidado primero por las inmobiliarias, a quienes no les importó vender y poblar un lugar que carecía de servicios básicos como drenaje o agua potable.
Luego las autoridades municipales negaron su paternidad. Y lo peor: la propia gente que lo habita, dos casas sí y una no, hace mucho que le dio la espalda.
Pronto será evidente que aunque lo parezca, éste no es un pueblo fantasma. Más bien aquí se congregan almas encerradas, alojadas en un gueto.
“Estos fraccionamientos son guetos para los pobres, concentraciones de población empobrecida con los mínimos equipamientos e infraestructura de la peor calidad”, juzga vía telefónica el arquitecto Alejandro Mendo, coordinador del Observatorio Metropolitano de Guadalajara, días antes de que se convierta en una especie de sherpa que nos ayudará a adentrarnos en los intestinos de este monstruo de decenas de fraccionamientos que ha nacido en Tlajomulco.
Entrar en solitario hubiera sido una mala idea: aunque las casas se reproducen como fichas de dominó, una junto a la otra, dándose las espaldas entre sí, las calles que rodean los fraccionamientos se extienden caprichosa y caóticamente, como fruto de la ocurrencia urbana que son.
Tlajomulco es un caso paradigmático a nivel nacional, el ejemplo de una situación extrema, pero de ninguna manera el único. El fenómeno se replica en todo México: el Instituto Nacional de Fomento a la Vivienda para los Trabajadores (Infonavit) acaba de difundir una cifra alarmante: 25.9 por ciento de las casas construidas con financiamiento del instituto entre 2006 y 2009 se encuentran deshabitadas.
Es decir, un aproximado de 356 mil viviendas.
De esos más de 350 mil casos, 40 por ciento corresponden a vivienda abandonada, cuyos ocupantes simplemente huyeron y la dejaron ante el desgaste y las vicisitudes que implica vivir en esos enjambres caóticos que llaman fraccionamientos.
Y no la dejaron porque no la necesitaran. Al contrario, 65 por ciento de los acreditados que no habitan su vivienda sí tenían la necesidad de un hogar antes de obtener el crédito y ahí pretendían vivir, según la Encuesta sobre la Situación de Vivienda de los Acreditados que realizó el Instituto.
Así que no sólo en Tlajomulco hay casas abandonadas.
Cientos de fraccionamientos en todo el país replican las características de la urbanización en ese municipio y, en consecuencia, sus múltiples fallas y carencias.
Hay casa abandonadas en lugares como Zumpango, Estado de México, donde el fraccionamiento Nuevos Paseos de San Juan prevé construir en total 115 mil viviendas y se ubica a más de 100 kilómetros de la capital del estado, o a 50 kilómetros del Zócalo de la Ciudad de México.
O en Cuautlancingo, Puebla, donde se ubica el conjunto habitacional Galaxia Almecatla, el peor evaluado de todo el país, según el Indice de Satisfacción del Acreditado del Infonavit, que recaba la opinión de los trabajadores que habitan una vivienda del instituto.
La lista podría ocupar páginas enteras: se han construido fraccionamientos de este tipo en Veracruz, Michoacán, Guanajuato, Hidalgo, Quintana Roo, Nuevo León, Chihuahua, Puebla, Michoacán, Morelos… en los alrededores de casi todas las ciudades en crecimiento.
Y aunque pocos podrían decir que esto es un motivo de orgullo, este modelo está siendo exportado a países de Centro y Sudamérica por empresas como Casas Geo, Homex, SARE y Consorcio ARA.
Para ir desde Guadalajara hacia la maraña de fraccionamientos de Tlajomulco existe prácticamente una sola opción si se desea llegar de la forma más directa: la calle Adolf Horn (quién lo diría, ese hombre fue creador de los helados Bing), que hoy es una de las más transitadas de todo Jalisco y hace 10 años ni se mencionaba.
Hasta hace poco, apenas contaba con dos carriles, uno de ida y otro de vuelta, aunque ahora está siendo ensanchada ante el grotesco flujo de vehículos que mañana y noche la saturan como una fila de hormigas autómatas. Si se va al centro, el viaje no durará menos de dos horas.
Cuando las obras queden terminadas, la avenida tendrá en medio un “parque lineal”, y en el centro de éste, una ciclopista. La esperanza es que un buen número de personas opte por la bicicleta y deje el auto. Habrá que ver.
A los lados de esta larguísima avenida sólo se aprecian dos cosas: campo y trascabos. Tlajomulco había sido un municipio eminentemente agrícola, uno de los centros nacionales de producción de maíz. Pero las empresas constructoras encontraron en esa tierra barata el lugar perfecto para construir inmensos fraccionamientos, uno tras otro, el siguiente más lejos que el anterior.
Por eso a cada 10 metros, sin exagerar, se alza un pequeño letrero de latón avisando que, tarde o temprano, se llegará a un fraccionamiento, todos con nombres rimbombantes: Lomas del Valle, Lomas del Mirador, Paseos del Valle, Villas Terranova, Cuatro Estaciones…
Pero para llegar a Santa Fe, Chula Vista o Valle Dorado, los asentamientos con mayor número de casas deshabitadas, debe recorrerse la Adolf Horn más allá del punto en que los carriles extra se unen de nuevo y las carretas jaladas por burros comparten espacio con un séquito interminable de camiones de carga, trascabos y excavadoras.
Corren más de seis kilómetros desde que nace la avenida en su esquina con Periférico hasta llegar a una calle tan breve e insignificante que ni siquiera mereció nombre en los mapas.
Entonces sí, a partir de ahí comienza la aparición enloquecida y casi fortuita de fraccionamientos.
Los primeros más grandes que otros, con casas de dos pisos y pluma y policía a la entrada. Pero todos rodeados por unos tentáculos negros de lodo, que recorren las carreteras en paralelo. Son los canales de aguas negras, que igual se llenan con lluvia que con los desperdicios del desagüe.
Algunos fraccionamientos se hallan rodeados por una barda de tres metros, lo cual les brinda a sus residentes una falsa sensación de seguridad. En realidad, sólo los aísla más. Una vez que la mancha urbana haya devorado las hectáreas de cultivo que quedaban alrededor, los habitantes se darán cuenta de que han quedado acorralados en sus propias colonias y con una sola salida y entrada para todos. Desde ahí comienzan los atascones de tránsito.
Otros fraccionamientos, como Santa Fe, no cumplieron la promesa de levantar grandes muros medievales a su alrededor.
Hubiera sido imposible hacerlo: ese fraccionamiento tiene 20 mil viviendas y Chula Vista otras 15 mil.
Pero no hace falta. Ante los saqueos, los más pobres se han hecho prisioneros de su propia casa.
“Cuando mi hijo me abría la reja de la entrada me decía: ‘Va llegando la señora Gina a San Quintín’. Pues ya qué. Al rato nos dejan sin nada”, comenta doña Georgina Herrera cuando explica por qué tuvo que instalar una enorme reja, ella misma le dice jaula, alrededor de su casa.
Gruesos barrotes se trenzan por arriba de su patio trasero y avanzan casi hasta llegar al patio delantero. Doña Georgina ha tenido que encarcelarse ante el temor de que los rateros la sorprendan de nuevo en plena madrugada.
En noviembre pasado, en su ausencia, entraron a su casa.
Brincaron la barda trasera y arrancaron, quién sabe con qué, uno de los rayos de sol que sirven de barrotes de la ventana trasera. Saltaron a la cama y hurgaron en el closet. Arrasaron con todo, sin importar si lo que brillaba era bisutería o no.
En este lugar más vale no llamar la atención. Pero para infortunio de doña Georgina, eso es imposible. Su casa, una de las más arregladas del lugar, con su pintura recién aplicada y sus lozas con un dibujo de piedras falsas, está escoltada por dos viviendas completamente abandonadas. Tienen la hierba crecida, basura como tapete de bienvenida, las ventanas tapiadas.
Como los vecinos que viven por aquí, doña Gina desconoce en qué momento se quedó en medio del abandono.
Tres horas antes de hablar con ella desvalijaron una casa vacía ubicada a unas cinco de la suya. Y de las que continúan habitadas, no sólo roban las pertenencias de la gente, sino hasta los tinacos y los tanques de gas.
“Me arrepiento de haber venido a vivir aquí como no tienen idea”, dirá tres veces en menos de media hora la señora Herrera. Maldito el día en que decidió junto con su esposo y sus tres hijos dejar su departamento en la calle Antonio Rosales, casi en el mero centro histórico de Guadalajara, a unas cuadras del Hospicio Cabañas.
La inseguridad no es la única razón por la cual doña Georgina repite que se arrepiente. El suministro de agua se interrumpe constantemente. Han durado hasta dos meses sin él y es común que tengan un día sí y tres no. A veces es peor cuando regresa: el agua sale completamente negra.
De tanto en tanto escucha a su hijo pequeño gritar desde el baño. Georgina sabe lo que pasa: una vez más, grandes gusanos rojos han logrado salir de entre los hoyos de la regadera.
Mantener la casa, que al par de años ya tenía cuarteaduras, es un cuento de nunca acabar: las llaves dejan de funcionar por el salitre acumulado tanto dentro como afuera de ellas. Grandes piedras de sal se forman alrededor del inicio del grifo.
Para colmo, hasta los productos de primera necesidad son más caros en Tlajomulco. No es difícil entender por qué. Todo queda tan lejos que son pocas las grandes cadenas de autoservicio que han abierto por allá. Así que sobran los revendedores.
Por eso, según doña Georgina, un kilo de jitomate cuesta tres veces más aquí que en la Central de Abastos de Guadalajara.
–Cuando recién nos cambiamos, mi hijo Carlos estaba más chiquito y me decía: “vámonos de aquí, mamá”. Parecía una jungla: había alacranes, víboras, de todo. Error, agarrar casa aquí.
–¿Ha pensado cambiarse de casa de nuevo?
–Sí, mi esposo nos preguntó si mejor comprábamos otra casa. Pero ya le hemos metido mucho dinero a ésta. Si pudiera me regresaba a mi barrio.
Si alguien está cursando clases de urbanismo y quiere conocer cómo no debe construirse una comunidad, su parada obligatoria tendría que ser este corazón amorfo en donde se cruzan quién sabe cómo los fraccionamientos de Chula Vista, Valle Dorado y Santa Fe.
“Son fragmentos. Hay una fragmentación socioterritorial porque los enclaves aislados no permiten la construcción de un tejido social ni de una estructura espacial”, explica el arquitecto Mendo. “Son colonias marginales construidas institucionalmente por el mercado inmobiliario formal”.
Los fraccionamientos más grandes de Tlajomulco se hallan tan alejados de toda centralidad que casi 14 kilómetros lo separan de su propia cabecera municipal. Ocupan, aproximadamente, unos 31 kilómetros cuadrados.
Se aprecian, solitarios, entre la zona metropolitana de Guadalajara y muy separados del centro de Tlajomulco. Son manchas en medio de la nada, acompañados por algunas vacas y los pocos campesinos que se rehúsan a dejar la siembra de maíz.
Desde el espacio se ven, gracias a Google Earth, como lienzos de tela mal zurcidos con delgados hilos, incapaces de darles cohesión. Por dentro, celdas rectangulares, laberintos con los caminos cerrados y apenas un par de salidas. Su extensión es tal que la cabecera municipal cabría unas tres veces en ellos.
En la última década el ritmo de levantamiento de fraccionamientos fue frenético: se construyeron 251 fraccionamientos en 10 años, es decir uno cada 15 días. Sólo entre 2005 y 2009 se urbanizaron 69 millones de metros cuadrados.
*
Verónica Ramírez lleva más de 15 minutos esperando en medio de un lodazal que pase un camión. A sus espaldas juegan sus dos pequeños hijos con los escombros de la obra negra de una casa, que yace extraviada en la esquina que forman los muros de los fraccionamientos Valle Dorado y Chula Vista. Un día después de nuestra plática cumplirá tres años de haberse mudado a la calle Valle de los Caracoles, en el primer desarrollo, luego de que su esposo recibió un crédito del Infonavit.
Se ha acostumbrado a esperar. Siempre son más de 20 minutos los que debe soportar pacientemente la llegada del camión que la acerque al centro de Guadalajara. Todavía es buena hora, porque apenas darán las dos de la tarde. Su esposo no comparte la misma suerte: diariamente toma el mismo camión y recorre el trayecto hasta en una hora.
“Cuando vienes a ver cómo adquirir tu casa, a checar opciones, las constructoras ofrecen muchas cosas. A la hora que ya estás aquí, te das cuenta de que de todo lo que te prometieron, no hay nada”, dice después de advertir que interrumpirá la conversación en cuanto se acerque el camión. Perderlo sería intolerable.
“Mi mayor problema es que me prometieron escuelas. Sólo había una para dos fraccionamientos. Prometieron una barda
perimetral y no la hicieron. Las áreas comunes, los parques, tampoco. Ni las vías de acceso. Y adentro de la colonia no hay un Oxxo, una tiendita, algo que esté abierto todo el día”.
Cuenta que cuando se mudó apenas 20 por ciento de las casas estaban habitadas. Con el tiempo la situación ha cambiado.
Pero se ha dado cuenta de algo: las construidas en las primeras etapas se están deshabitando por las razones que acaba de mencionar. Es decir, mientras unos llegan, otros, los que colonizaron antes, se empiezan a ir. Es la vida errante de los pobres.
“De hecho mi plan de vida es irme de aquí en un futuro no muy lejano”, confiesa antes de gritarle a sus hijos para anunciarles que ahí viene el camión.
*
Enrique Alfaro sabía a lo que se enfrentaba cuando asumió la alcaldía de Tlajomulco. Cincuenta y nueve fraccionamientos dentro del municipio estaban totalmente habitados sin estar recibidos por el gobierno; es decir, el municipio no se hacía responsable de la prestación de los servicios.
“Estamos hablando de 300 mil personas que vivían en Tlajomulco en fraccionamientos habitados no recibidos. ¿Cómo permitió el Infonavit que la gente se fuera a vivir a fraccionamientos que no estaban reconocidos por la autoridad municipal como habitables?”, se pregunta Alfaro, quien charló vía telefónica con emeequis.
La única explicación, reconoce, es la permisividad absoluta por parte de las anteriores autoridades municipales que dieron su visto bueno a la edificación en cuencas inundables. Por eso, fraccionamientos como Jardines del Castillo y La Azucena se llenan hasta de dos metros de agua con las primeras lluvias.
“Hubo, por supuesto, un modelo de desarrollo basado en la corrupción, la falta de visión, de ordenamiento territorial a largo plazo y la voracidad del sector inmobiliario”.
Alfaro admite que el problema de las casas abandonadas genera problemas de inseguridad y de salud pública por el estado en que se encuentran las casas y el estancamiento de agua, caldo de cultivo para el mosco transmisor del dengue.
–Si la autoridad local estaba coludida con los desarrolladores, ¿qué papel juega el Infonavit, financiador de la mayoría de estas casas?
–Hay una responsabilidad total del Infonavit
–señala el también maestro en urbanismo por el Colegio de México–. La política de vivienda es un verdadero fracaso. Al Infonavit se le olvida que la vivienda es un asunto de personas, del lugar donde la gente construye su patrimonio y donde se forman familias, comunidades. El Infonavit piensa en términos financieros y no en términos humanos, sociales. Ese es el principal problema detrás del desastre: un modelo de vivienda en que nada importa más que hacer negocio”.
Para ser un fraccionamiento de interés social, por las destrozadas calles de Santa Fe circula una cantidad considerable de autos.
Aunque aquí ser propietario de un automóvil no es una cuestión de estatus, porque la mayoría ya tiene sus 10 o 20 años encima. En realidad es un salvavidas, la oportunidad no de hacer menos tiempo en el trayecto, sino de pasarlo protegido de la ira de la lluvia, o lejos de la gente que no es como uno, o escuchando alguna canción sin ser interrumpido por el ruido.
Por eso Carlos y Cassandra compraron su camioneta Chevrolet Astro, modelo ochenta y tantos, una máquina color café, tan grande como la estancia de su propia casa, de unos 60 metros cuadrados, y en donde viven con sus tres hijos.
“La gente está dejando las casas solas porque es muy complicado el traslado –opina Carlos–. La gente prefiere irse a vivir con la familia, rentar por otros rumbos, porque aquí es muy complicado”.
Y tiene razón. El propio Infonavit asegura que, según las respuestas de más de 4 mil acreditados, las dos principales razones por las cuales la gente no habita sus casas son la lejanía de las mismas y la falta de servicios básicos.
Irónicamente, Tlajomulco significa algo así como “lugar escondido” en náhuatl. “Es un viacrusis salir al parque. Al que está cerca nada más sacamos al perro, porque no hay nada para los niños.
Tenemos que llevarlos a centros comerciales, o hasta el Chedraui”. El Chedraui más cercano está a 20 kilómetros.
Carlos perdió su trabajo a los pocos meses de haber recibido el crédito. Ahora se autoemplea y elabora manualidades de pasta francesa que vende a tiendas y en tianguis. Curiosamente, gana más que cuando recibía un salario. Por estar sin ingresos fijos, el Infonavit le redujo el pago mensual del crédito, ahora es de mil 800 pesos, pero las tres décadas de deuda nadie se las quita.
“Quisiéramos poder regresar la casa. Es mucho dinero para lo que es. Nadie pagaría por vivir aquí”, se lamenta Cassandra.
Algo tienen esas delgadas paredes que separan las familias en Tlajomulco, que provocan que el otro sea visto como una molestia. Carlos y Cassandra, al igual que doña Georgina, no se hablan con los vecinos. “No nos damos cuenta de ellos”.
“Eso de estar fraccionados así, ser un coto, es como estar en una vecindad, nomás alargada. Con más personas y sin techo. A la larga es muy complicado relacionarte con los vecinos”, dice Carlos, quien se pregunta por qué no se hicieron estudios socioeconómicos para separar a la gente por fraccionamiento dependiendo de sus ingresos o su educación.
Aquí la única comunidad que existe es aquella que cabe entre cuatro paredes y en 60 metros cuadrados. Cassandra, arrepentida, con la mirada baja, se queja: “Nos aislaron”.
*
Más le vale a aquel que piense vivir en Tlajomulco dejar el futuro para quien pueda darse el lujo de soñarlo. Preguntarse si los hijos tendrán una preparatoria en dónde estudiar, o si por fin llegará el tren suburbano tan prometido, no vale la pena. Lo importante es sobrevivir el día sin sufrir un asalto, confiar en que habrá agua para bañarse y suplicar que no caiga una lluvia que lo inunde todo.
El fraccionamiento Valle Dorado es otro de los que sufre inundaciones. Para suerte de Adonaí Sánchez, sus vecinos de la calle de atrás son quienes sufren esta calamidad y no él, quien ni siquiera recuerda cómo se llama la “privadita” en donde vive.
Porque en Valle Dorado estar aislados de la ciudad no basta.
Tampoco es suficiente que las calles se extiendan como las espinas de un pescado: una vía ancha en el centro y muchos callejones a sus costados. No. Aquí los vecinos enrejan la breve entrada de su casa porque los cholos, como ellos les llaman, pululan en la zona.
De cholos no tienen mucho; en realidad, son adolescentes que se visten exactamente igual que cualquier otro chavo de una colonia urbana marginal: sus amplios pantalones marca GOGA, sus tenis Michael Jordan, su colorida cachucha Ed Hardy, sus brillantes piedras de plástico en el lóbulo de su oreja izquierda.
Están en cada esquina de las avenidas (por así llamarles) principales de Valle Dorado, siempre en grupito, siempre observando.
La otra opción sería que estuvieran encerrados en sus casas, en el cuarto que podrían estar compartiendo con uno, dos o hasta tres hermanos más. El problema es que en las noches suelen juntarse en la esquina de la calle donde vive el señor Adonaí, y eso ya lo tiene harto. Vivía mil veces mejor antes, cuando su hermana le rentaba un departamento cerca del Estadio Jalisco. Ahora ni siquiera le habla a los vecinos porque siente que le tienen envidia.
El señor Sánchez, quien usa un bastón por un padecimiento congénito en las piernas, debe caminar más de 15 minutos para llegar hasta el lugar más cercano donde hacen parada los camiones. A su “privada” no se acercan ni los taxis. Por fortuna, hace poco abrieron un Oxxo a esa misma distancia, porque estos fraccionamientos, tan grotescamente inmensos como son, no contaban ni con un solo comercio en su interior.
Por eso nacen algunas carnicerías improvisadas, misceláneas en los patios, papelerías minúsculas. Y aun así pasan kilómetros para encontrar la farmacia más cercana. Ni soñar con una cafetería, una panadería o un restaurante decente. No se ve ni uno solo de estos establecimientos en kilómetros. Aquí habrá quien no haya comido un pollo frito en años.
Mucha suerte si usted necesita ayuda de la policía. No tardan menos de 20 o 30 minutos en atender un llamado, y eso cuando no contestan que “esa no es su zona”. Según el alcalde, en su administración pasaron de nueve a 72 patrullas para todo el municipio.
Tan otro mundo es este lugar llamado Santa Fe que hasta sus propios medios de transporte se han inventado. Quien no los ha visto nunca los puede confundir a la distancia con vochos descapotables, pero al tenerlos cerca será evidente que estos vehículos tienen una sola llanta al frente. Son motocicletas modificadas que se convirtieron en pulgas de colores brillantes capaces de transportar a tres personas por las estrechas calles de la unidad habitacional.
Para muchos vecinos las mototaxis son un alivio: los llevan hasta su destino de forma más cómoda que el camión y a cambio de una cooperación voluntaria. Para otros no son más que aves de mal agüero, porque frecuentemente asaltan a sus pasajeros.
Nancy Ramírez lleva un año manejando un mototaxi rojo de capota blanca por las calles de Santa Fe, donde ella misma vive. Es una buena opción porque le da tiempo de ver a sus hijas, llevarlas a la escuela, recogerlas y pasar repetidamente por su casa para vigilarla.
Parece increíble, pero esta mujer quizá no se ha percatado de que es una más de las víctimas de este encierro involuntario. A pesar de que entre su fraccionamiento y el centro de la capital de Jalisco median 27 kilómetros, no tiene la menor idea de cómo se ve desde el periférico esa cúpula con apariencia de parabólica gigante llamada Santuario de los Mártires, que el arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Iñiguez, mandó construir como afrenta a sus rivales de la Iglesia de la Luz del Mundo.
Tampoco imagina que el estadio de atletismo para los Juegos Panamericanos va tan atrasado que hasta los mismos trabajadores admiten que quizá ni en 12 meses más podrían terminarlo. Y es que Nancy tiene un año y medio prisionera de esta cárcel llamada Tlajomulco. En ese tiempo no ha puesto un pie en Guadalajara.
“Es como si fueras de viaje –dice–. Si sales con los niños, tienes que llevar el lonche, con botellas de agua, que entren al baño primero”.
Para el subdirector de Planeación y Finanzas del Infonavit, José de Jesús Gómez Dorantes, los municipios son responsables del desastre inmobiliario que sucede en lugares como Tlajomulco.
“El Infonavit otorga el financiamiento hipotecario, pero la regulación del desarrollo urbano y su crecimiento es competencia de los municipios.
Ellos son los que expiden las licencias y después no proveen los servicios”.
El funcionario argumenta que no existe una “sincronización” entre el desarrollo habitacional y los servicios municipales, como el transporte.
“La vivienda deshabitada es aquella que tiene tres meses o más de haberse terminado y el comprador todavía no se muda. Esto tiene que ver con la disponibilidad de equipamiento y servicios públicos. A lo mejor el desarrollo habitacional ha avanzado más rápido que los servicios”.
Sin embargo, según el propio Infonavit, 40 por ciento de las casas deshabitadas están abandonadas.
La gente huyó de ellas.
Según Gómez Dorantes, esto podría deberse a un fenómeno distinto, como la pérdida del empleo, ya que, asegura, el instituto realiza un dictamen que certifica que las viviendas son habitables.
–Si están certificadas para ser habitadas, ¿cómo es posible que a muchas les falten servicios básicos?
–Porque hay cosas que… digamos… no sé, por ejemplo, un servicio municipal: la seguridad. La seguridad no es un tema intrínseco a la casa. ¿Me explico? No tengo forma de ver cada cuánto va a estar yendo la policía. El servicio de recolección de basura no es intrínseco a la casa, forma parte de los servicios públicos que debe proveer el municipio.
–¿Qué pasa con los créditos de quienes abandonan sus casas?
–El marco actual del Infonavit nos impide dar más de un crédito durante la vida de cada trabajador.
La gente que ya hizo uso de su crédito y por equis circunstancia decidió abandonar la vivienda no podría obtener un nuevo crédito con el instituto.
Los urbanistas no tienen duda: el modelo de desarrollo urbano de viviendas de interés social en México se agotó.
“Estamos viendo el fracaso de un modelo de urbanización
que se vendió como atractivo”, diagnóstica Alejandro Mendo, también doctor en urbanismo y sustentabilidad por la Universidad de Guadalajara.
Los funcionarios federales no lo niegan. “Yo creo que sí, el modelo hacia adelante debe buscar un desarrollo menos horizontal y con mayor densidad”.
Por lo pronto, Tlajomulco de Zúñiga es el primer municipio en el país en donde el Infonavit inició un programa para recuperar las viviendas abandonadas y revenderlas. Casas con un valor de 320 mil pesos están siendo vendidas en 210 mil pesos.
No obstante, el problema fundamental permanece: las casas siguen igual de lejos, Tlajomulco cada vez más saturado.
Sólo se le vende el problema a otra persona.
“La estrategia de los gobiernos federales panistas es lamentable, fue una opción de botepronto. Las autoridades quisieron deshacerse de un problema y dejarlo en manos del mercado, pensando que la mano mágica del mercado lo soluciona todo y ya hemos visto que no es así”, concluye el arquitecto Mendo.
Los pies se sumergen en el lodo, cuesta trabajo avanzar. Justo en el cruce de la avenida Adolfo Horn y la calle que lleva a la maraña interminable de fraccionamientos de Tlajomulco, una enorme carpa blanca tiene como guardaespaldas cuatro coloridas casas-muestra.
El pabellón se asienta en medio de una alberca de barro.
Unos cuantos metros más adelante, una oficina remolque anuncia en todos sus costados: “¡Villa Fontana, tu casa con parque acuático desde $480 mensuales!”.
Como si fuera una mala broma para los habitantes de los fraccionamientos aledaños, en Tlajomulco se construye ahora un desarrollo cuyo rasgo distintivo será, ni más ni menos, que contará con su propio y exclusivo parque acuático. Vaya.
A 50 metros de la carpa se encuentra la desembocadura de uno de los canales improvisados de aguas negras de Tlajomulco.
Un chorro de agua fétida debería fluir e incorporarse a la tubería que ahí comienza. Sin embargo, una pila de bolsas, botellas de plástico y basura forma un enorme tapón.
“Tendrá todo: alberca, restaurante, casa-club –dice el apacible vendedor encargado de cerrar los contratos con los acreditados del Infonavit–. Como si estuvieras en Villa Corona.
Y será exclusivo para la gente que compre en Villa Fontana. No estará abierto al público”.
El precio de las casas comenzará desde los 380 mil pesos, con dos pisos y 64 metros cuadrados, pisos de duela y dos baños totalmente equipados, con canceles en las regaderas.
–¿Y cuáles son las rutas de acceso?
–Adolfo Horn sería la única entrada. Ya de aquí hay muchas rutas, de camiones no tenemos problema.
–¿El agua no va a ser un problema?
–No, ya está todo calculado debidamente para este proyecto.
Esperamos no tener ningún problema. No estaríamos haciendo un parque acuático si no hubiera agua.
.
El fraccionamiento Centenario de Aguascalientes, el modelo a seguir
.
No todos los fraccionamientos de interés social tienen que condenar irremediablemente a sus habitantes a una mala calidad de vida. Sí es posible planear y construir un proyecto que considere las necesidades de sus habitantes y que, además, sea amigable con el medio ambiente.
El fraccionamiento Centenario de la Revolución de Aguascalientes podría impulsar un cambio radical en el modelo de fraccionamiento de interés social. El Centro de Transporte Sustentable de México (CTS), una organización civil dedicada a buscar soluciones que eleven la calidad de vida de las ciudades del país, elaboró junto con autoridades de ese estado un proyecto de fraccionamiento sustentable.
El proyecto, cuyos planos finales incorporaron 70 por ciento de las recomendaciones del CTS, fue seleccionado como uno de los 11 finalistas del concurso Sustainable Urban Housing (Construcción de vivienda urbana sustentable) al que convoca la organización internacional Ashoka, dedicada a promover el trabajo de emprendedores sociales, con el apoyo de la Fundación Rockefeller.
“No hace falta ser experto para darse cuenta de que los desarrollos habitacionales son iguales.
Carecen de una estrategia que tome en cuenta las características climatológicas de la ciudad en donde se construye. Se usa el mismo modelo de casas: una tras otra, con patiecito verde, las banquetas muy estrechas y las vialidades muy anchas, sin la infraestructura para que los usuarios disfruten la unidad habitacional”, asegura Alejandra Acosta, gerente de Movilidad y Desarrollo Urbano del CTS.
El problema principal es que, en su opinión, en el país se ha seguido un modelo estadunidense de ciudad extendida a través de suburbios, que privilegia al automóvil como principal medio de traslado.
Ella apuesta a mirar hacia un modelo más parecido al europeo, con urbes compactas, más verticales, que privilegien el transporte público. “Se nos olvidó planear para la gente y lo estamos haciendo para el auto”.
El proyecto Centenario de la Revolución de Aguascalientes prevé la construcción de 10 mil viviendas, con una población aproximada de 40 mil personas.
Originalmente, sería un fraccionamiento como cualquiera de los muchos que existen en México. De hecho, el terreno no se encuentra dentro de la capital del estado, sino en una de sus áreas de expansión.
No obstante, el CTS vio la oportunidad de ejecutar un modelo distinto y exitoso que pueda replicarse.
Uno de los primeros cambios incorporados fue la ampliación del ancho de las banquetas. Además, la principal avenida del fraccionamiento se cerró al tránsito vehicular para obligar a que los autos rodeen el fraccionamiento. Así, las personas llegarán en bicicleta y a pie. Se proyectaron también mini plazas con el propósito de que la gente pueda encontrarse y reunirse, ayudando así a crear comunidad.
“La planeación urbana del futuro es la que fue en el pasado: hay que regresar a la tiendita de barrio, volver a caminar, a sentarnos en el parque”, opina la especialista.
En el innovador fraccionamiento ninguna casa se ubicará a más de 400 metros de una parada de autobús, habrá circuitos internos de transporte público y una estación multimodal al exterior del fraccionamiento que la conecte con otras rutas.
Se redujo el tamaño de las calles con el fin de bajar la velocidad de los automóviles para que los niños puedan caminar con seguridad y evitar que los ciclistas sufran accidentes. La idea es conseguir un fraccionamiento con cero muertes viales.
Las casas tendrán desde dos hasta cuatro niveles, con comercios en las plantas bajas, lo que ayudará a “tener más ojos” en la calle y a recuperar el sentido de pertenencia y seguridad.
Se prevé un beneficio adicional con estas innovaciones: en la construcción del fraccionamiento se ahorrarán 12 millones de pesos.
Alejandra Acosta espera que con este fraccionamiento se marque el inicio de la rápida muerte del modelo de los fraccionamientos gigantescos, lejanos y sin servicios.
“Con ojos en la calle se garantiza la seguridad.
Las personas no tienen espacios para disfrutar, para conversar, para tomarse un café. La pérdida de la seguridad empieza desde el momento en que se desconoce quién es el vecino, qué pasa en la cuadra. Si algo caracteriza a las ciudades es ese tejido social, el sentido de pertenencia, que hace que seas parte de ellas. Las ciudades no se pueden crear de la noche a la mañana”.
Jura que el fraccionamiento Centenario de la Revolución
es el inicio de una tendencia nacional. “Será el estándar de lo que debe pasar en México”. (Diego Mendiburu)
_
Ana Menchaca
Mi esposo, muy ilusionado, utilizó su derecho a vivienda por parte del Fovissste hace como ocho años y desde entonces esto ha sido una pesadilla, los pagos son altísimos y la casa no está en condiciones de ser habitada. Por las presiones económicas tuvimos que emigrar a Estados Unidos y desde acá seguimos pagando la casa con la esperanza de un día volver, pero, la verdad, es muy difícil, porque cuando no es una cosa, es otra. No le vemos fin a las reparaciones ni al pago total de la casa, creo que entre más pagamos más debemos. Esto es en Zacatecas capital.
Preguntamos en la oficina local del Fovissste por alguna garantía, pero dicen que sólo cubría el primer año y medio, después es responsabilidad del acreedor, así que tenemos que seguir pagando y reparando ese barril sin fondo.
Rocío
Hola,
Algunas precisiones, el Municipio de Tlajomulco no es conurbado, sino que forma parte del Área Metropolitana de Guadalajara. Del total de casas abandonadas en el Municipio, 3,665 han sido recuperadas por la autoridad municipal y se les ha dado mantenimiento para que vuelvan a ser habitadas. Para incrementar la plusvalía en la zona se han mejorado los servicios de seguridad pública con módulos de policia y un modelo de policía de proximidad además de incrementar el número de áreas verdes y unidades deportivas.
También es importante mencionar que Tlajomulco es el municipio que más a crecido “del País” en los últimos diez años.
Saludos!!!
Alejandro
Algunas precisiones Rocío: se escribe “ha crecido” y no “a crecido”. Me parece mínimo lo que hace la autoridad sólo 3655 de 57000, apenas un 6 % de las viviendas deshabitadas. Y eso sólo en un municipio de todo el país donde pasa lo mismo.
María
Vivo en Ciudad Querétaro. Vivo aquí desde hace un año, es un fraccionamiento privado, PUERTA REAL, PERO CON LOS MISMOS PROBLEMAS. La garantía de mi casa ya venció A PESAR DE QUE SE PAGÓ AL CONTADO, La casa tiene muchos problemas pues al asentarse la construcción se hicieron grietas que la constructora no garantiza. Son casas BONITAS, PERO DE PÉSIMA CONSTRUCCIÓN, DUERMO AL REVÉS PARA QUE ME PUEDA DAR EL AIRE EN LA CARA PORQUE SE CALIENTAN TANTO LOS CUARTOS QUE UNA SE ASFIXIA. ¡POR LEY, TENGO QUE ATENERME A LA ARMONÍA ARQUITECTONICA DEL FRACCIONAMIENTO Y NO A MIS NECESIDADES. TENGO SALITRE, LAS BARDAS ESTAN VOLANDO, ME DIJO EL DIZQUE ARQUITECTO QUE ÉLLOS VENDEN UN PRODUCTO, SÍ CLARO: CASITAS DE DOS PISOS, NO MÁS, NO PUEDO HACER UN CUARTITO ARRIBA, NO PUEDO ÉSTO O AQUELLO.
Y LOS VECINOS SON “FINÍSIMAS PERSONAS” DE LO PEOR, AHORITA QUERÉTARO ESTÁ CRECIENDO DESORDENADAMENTE, LA ZONA CONURBADA SÓLO SON FRACCIONAMIENTOS BAJO LO PEOR: EL RÉGIMEN CONDOMINAL. ¡QUIERE UNA SALIR CORRIENDO ¿Y A DÓNDE TE VAS? SI YA GASTASTE TU CAPITAL, LOS AHORROS DE TODA TU VIDA.
Elias Hernandez
Exacto
El problema principal es que, en su opinión, en el país se ha seguido un modelo estadunidense de ciudad extendida a través de suburbios, que privilegia al automóvil como principal medio de traslado
Pero todo tiene una logica..
Tambien se crearon leyes para que en estos conjuntos habitacionales no se crearan dentro de las casa algun comercio.
y todo ello para que la gnete se trasladara en auto y comprara a granel en tiendas multinacionales como WalMart…
todo un negocio redondo…
con las distancia que se recorren de casa a trabajo y viceversa,a los habitantes no les da animos de salir a caminar y con esto provocar el sedentarismo.
Ahora.. crecen varias interrogantes?
Las instancias gubernamentales, encargadas de revisar y regular estos proyectos… que hicieron.. ??
Gaby
Yo viví en Tlajomulco durante 6 años, en un pueblo tradicional llamado San Miguel Cuyutlán. Ahí se construyó un fraccionamiento que presentaba todos los problemas descritos en esta investigación, sin embargo con tenacidad y participación de los vecinos organizados luego que Enrique Alfaro llegara a la presidencia municipal, están logrando solventar algunos de los problemas más apremiantes como son la inseguridad, el desabasto de agua, el robo y el asalto, también ya se está realizando la reventa de casas deshabitadas, rescataron sus espacios públicos, el fraccionamiento es limpio ahora, etc. ¿Cómo lo lograron? Organizándose los propios ciudadanos, no hay otra forma.