Cómo se mutila una vida
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Cómo se mutila una vida
Historias de alcohol y velocidad
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Registre este dato después de leer el siguiente texto porque, desde cualquier punto de vista, representa una tragedia mayúscula que usted no querría vivir: todos y cada uno de los días del año mueren 66 mexicanos, la mayoría jóvenes de entre 15 y 29 años de edad, en accidentes automovilísticos.
México se ha convertido en el séptimo país del mundo y el tercero en Latinoamérica con más altas tasas de mortalidad por accidentes de tráfico.
La epidemia de salud pública, como la definen ya las autoridades, pulveriza y mutila anualmente la vida de 24 mil muertos, 40 mil discapacitados permanentes y la normalidad de los que los sobreviven, pero además tiene un alto costo económico: alrededor de 126 mil millones de pesos al año.
Las historias de Ángeles, León, Lorena y Aníbal muestran cómo el alcohol y la velocidad destrozan planes y futuros.
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Por Guillermo Rivera
Fotografías: Christian Palma y Eduardo Loza
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Ángeles Ortiz: el dolor de una pierna que ya no existe
María de los Ángeles Ortiz Hernández camina de prisa sobre la acera de la avenida Las Américas del puerto de Veracruz, con el agrietado maletín colgando sobre el hombro izquierdo y con zapatos de tacón del número tres, cuando un auto Camaro negro, que circula a 120 kilómetros por hora, se aproxima hacia ella.
Pero Ángeles no se percata de nada. Salió de casa con el tiempo justo para llegar al trabajo. Avanza, absorta, con la mirada perdida al frente, sin escuchar las voces confusas y los ruidos de las cortinas metálicas que, al ser levantadas, descubren una tienda de abarrotes y una modesta peluquería en la casa color mostaza.
Ángeles, una espigada mujer de piel canela que lleva apenas unas gotas de maquillaje, llega a la esquina con Francisco Pizarro. Seguir caminando con los ojos puestos en la nada es una pésima idea, pero no hay modo de que lo advierta. Así que, exactamente a las 9:15 de este lunes 28 de junio de 2004, cuatro meses después de haber cumplido 31 años, la sacude un tremendo ruido.
El conductor del lujoso Camaro, un joven de 18 años que responde al nombre de Ricardo Márquez, embiste y la estampa contra la barda color marrón. Aplastada contra la pared, Ángeles abre los ojos y siente que un dolor y un calor infernales recorren su cuerpo. Se angustia porque no llegará a tiempo a su trabajo, de donde, en la noche, deberá correr hacia la escuela privada en la que estudia comercio internacional.
Pero eso no sucederá. Se halla aquí, atrapada, berreando como un animal acuchillado. La persona que la ha atropellado, un desaliñado muchacho, y su también desmañado acompañante, su primo, la regresan a la realidad cuando salen precipitadamente del automóvil.
Hace 12 horas, sus cuerpos inmaduros, envueltos en trajes oscuros, comenzaron a hincharse de alcohol porque Ricardo así quiso festejar su graduación de bachillerato. Eufórico, apenas cerró sus puertas el salón de fiestas, manejó hacia el boulevard de Veracruz porque ahí se puede beber a rienda suelta sin ser molestado.
Ángeles, quien ya descubrió que su pierna izquierda está siendo triturada, mira cómo los estropeados muchachos permiten la salida del vehículo de dos jovencitas que no rebasan los 17 años. Corren de manera atropellada; no quieren meterse en líos. Ricardo la está mirando e, hirientemente, le sonríe.
–¡Quita tu carro! ¡Me aplastas mi pierna! ¡Por favor! –grita y llora sin control.
Pero Ricardo se aleja. Incrédula, Ángeles vuelve a gritar porque el primo quiere hacer lo mismo.
–¡Tú no te vayas! ¡Por favor, ayúdame!
Él titubea. Da un paso al frente y vuelve a dudar. Pero regresa al automóvil y mueve el freno de mano; Ángeles cae al suelo y se golpea la cabeza con las piedras de la barda derrumbada. Siente que miles de agujas se le clavan en el cráneo.
Sólo entonces la muchedumbre que observa desde lejos se acerca a la quejosa mujer que descubre que su pierna izquierda no es más que un bulto de carne machacada cubierta de polvo. Observa que las cámaras de televisión le apuntan y varios reporteros aumentan su angustia con preguntas que ella no entiende. Sólo suplica que no la graben porque sabe que los suyos la pueden ver.
Ángeles nunca sabrá por qué pero, ahora que sólo quiere morir, cree que esto pudo evitarse si ella, su hermana Janet y sus padres Víctor y María no se hubieran mudado a Santiago Tuxtla, Veracruz, cuando ella era una jovencita, 16 años después de nacer un 18 de marzo de 1973 en Comalcalco, Tabasco.
Piensa que ahora no estaría tirada en el suelo si su familia hubiera aprobado su afición por el lanzamiento de bala, deporte que practicó hasta la adolescencia y que dejó porque su padre quería una hija con carrera profesional y no una deportista.
La ambulancia no llega, pero sí la noticia a los televisores de la ciudad. Nadie le dirá que su padre y su abuela materna sufrieron un paro cardiaco tras verla en pantalla, casi muerta. Que él sobrevivió, pero que ella no, pese a su excelente estado de salud. Que a su hermana se le paralizó la mitad de la cara y que su hija Samantha, de 12 años entonces, sufrió una crisis nerviosa de la que se recuperó hasta dos años después.
Algo más: su madre, al ver su imagen, quedó paralizada y sumergida en una depresión que aún no supera porque, hasta hoy, continúa en tratamiento.
Nada sabrá por el momento. Sólo escucha una voz alcoholizada y retadora.
–¡Cállense! Nada pasó. ¡Ustedes son unos gatos! ¡Mi papá me va a sacar de la cárcel!
Es Ricardo. Los vecinos lo agarraron cuando quería huir. Abrazado a su madre, quien ya llegó al lugar, no así la ambulancia, arremete contra los reporteros que entrevistan a la madre, quien le dice que no debe preocuparse, que todo va a salir bien.
A Ángeles le pesan los ojos. El dolor la duerme segundos antes de ver a los paramédicos que por fin la atienden 60 minutos después del incidente. La Cruz Roja se ubica a unas calles, pero quién sabe qué pasó.
* * *
–Seis horas después desperté en el hospital. Nadie se ocupó de mí y ni mi familia sabía cuál era mi estado –cuenta Ángeles a la distancia.
Así fue. Había sido necesario realizarle una amputación quirúrgica. Contrario a lo imaginado, en las siguientes horas el dolor aumentaba. Ni un síntoma de mejoría.
–Y, luego, ¿qué creen? Recibí visitas. Era el abogado y la prima de Ricardo. Me dijeron que si quería recibir un mejor tratamiento médico, debía firmar un perdón legal.
Ángeles y su esposo se negaron.
–Una enfermera me dijo lo que ocurría. El papá de Ricardo, el doctor Ricardo Márquez, era médico del hospital, y su mamá, Emilia Aguirre, era la administradora… Ah, y Ricardo es sobrino del que en ese momento trabajaba como subprocurador del estado, Emeterio López Márquez.
Ángeles huyó del hospital y luego supo que su condición había empeorado porque sólo le habían suministrado agua salina. Los verdaderos intentos por mejorar su salud comenzaron después: transfusiones de sangre y dos intervenciones quirúrgicas más porque el muñón se había infectado.
Tres meses estuvo internada en el hospital, lidiando con el dolor de la rehabilitación y el malestar por los lavados de su muñón.
Y un buen día se encontró sin empleo –su empresa la obligó a firmar una renuncia–, con una carrera inconclusa y sin la pierna izquierda.
–Luego de cuatro meses, intenté incorporarme a mi vida anterior… eso fue imposible. El miedo te acorrala. En la aduana no contratan a personas discapacitadas. Ni siquiera lo intenté: se pierde toda expectativa. Días después de salir del hospital, reingresé a mis clases. Estaba triste, nada me consolaba. Necesitaba enfocar mis energías en algo, pero no dejaba de pensar en el accidente.
Sobre todo porque el muñón hinchado se encargaba de recordárselo todos los días durante el año que le duró una muy evidente inflamación que no pudieron ocultar las faldas largas y anchas.
Habían transcurrido algunas semanas de su regreso a la escuela cuando vio a una de sus compañeras de clases dirigirse hacia ella. Sabía que había llegado el momento.
–Verás, Ángeles, vengo a nombre del grupo… No queremos que vengas a la escuela… nos incomoda tu muñón, nos trauma –dijo ella.
Ya lo esperaba. Miró el suelo, recordando lo qué había preparado para la ocasión. Contuvo las lágrimas y dijo:
–Vendré a mis clases el tiempo necesario. Si no me quieren ver, no vengan o tápense los ojos. Yo terminaré la licenciatura.
El resto del día se sintió desolada, un bicho raro. Más tarde, en casa, lloró como no lo había hecho. Sabía que el incidente de la mañana era sólo una de las primeras pruebas.
La escuela le otorgó una beca para terminar sus estudios.
–No sé de dónde saqué las fuerzas para acabar la escuela. Finalmente, me titulé con honores. Pero bastó poco tiempo para descubrir que los documentos no me iban a conseguir un empleo. Opté por seguir llorando.
Pero su escuela la ayudó de nuevo. La oferta de dar clases en la institución era más de lo que esperaba. No lo pensó. Aunque eso significaba aceptar que su otro plan de vida ya no existía.
–Los rostros no disimulados de los niños, y uno que otro adulto, hicieron más difícil mi reingreso a la vida. Me señalaban, murmuraban. Decidí no salir de casa.
Durante las tardes de los primeros meses de 2005 se dedicó a aprender a andar con muletas.
Le repugnaba la idea de ser una carga para su esposo, menos para su hija.
La escena se repetía entonces: Se incorpora de la cama. Cae al suelo: olvida que ya no tiene dos piernas. Intenta levantarse, vuelve a caer. “¡No! ¡Soy otra!”. Golpea al suelo con furia.
Se rinde… llora.
–Me aislé. Emocionalmente, estaba hecha añicos. Fue un terrible golpe para mi matrimonio. Mi esposo y yo duramos tres años sin relaciones sexuales luego de mi recuperación. Mi cambio físico fue evidente. Mido 1.88 y antes del percance pesaba 73 kilos. Salí del hospital con 38 kilos de más. No podía verme al espejo. Mandé a quitar todos los que había. Me sentía como el jamón que cuelga en los autoservicios, mutilada, deforme, fea y gorda… pero si quería vivir en paz, tenía que resignarme a verme así. ¿Qué otra me quedaba?
Así que debió despedirse de sus mayores placeres: los paseos nocturnos con su esposo, patinar e ir a la playa con su hija. “¿Por qué a mí, por qué?”.
Pasó los siguientes días acostada en su cama, mirando el techo de su habitación. La silla de ruedas, a su lado. Juraba que nunca se sentaría sobre ella.
Después de varios meses descubrió que la silla es buena ayuda. El pensamiento negativo se fue diluyendo y aprendió a moverse sobre ella. Pero era difícil. Ángeles sentía que le dolía la rodilla izquierda, aunque ya no la tenía. El “dolor fantasma”, le advirtieron. Ríe nerviosamente porque no sabe qué hacer, qué decir. Ese “dolor” siempre le recordará que no fue lo que ahora es.
–Además, enfrenté juicios que acabaron con todo mi dinero. ¡Dos años de juicios! Sólo quería que Ricardo pisara la cárcel para que hiciera conciencia, pues estaba en primer grado de estado etílico y abandonó a la víctima, a mí. Me dieron 32 mil pesos por mi pierna y me dijeron: gracias por participar, vete de aquí y deja de hacer ruido.
Una de sus noches de insomnio tomó el teclado y escribió su historia. La envió a todos sus contactos, pidiendo que fuera reenviada. El relato llegó al correo de la directora de un centro de rehabilitación, quien la buscó para corroborar lo leído.
–Me invitó a tomar rehabilitación y mi familia me impulsó. Aprendí varias técnicas para valerme por mí misma: andar con muletas, saltar con una pierna.
Ángeles ya no dejó los ejercicios. Dos años después del accidente, casi a los 33, se incorporó a su nueva vida. Pero en el patio de la casa de su madre resonaban los golpes que recibía al caer al suelo. Practicaba el uso de las muletas sin sospechar que cerca había un espectador. La atleta paralímpica María Estela Salas, medalla de oro en lanzamiento de disco en Atenas 2004, la observaba desde la casa vecina. Días después, la invitó a jugar lanzamiento de bala.
Ángeles dijo que no, pero ante la insistencia aceptó participar, aunque confesó que la idea le daba miedo.
Era mayo de 2006 y lanzó la bala como pudo. Era evidente que no era la primera vez que lo hacía. La invitaron a participar en los juegos regionales y ganó el primer lugar. El entrenador nacional la quiso llevar al campeonato nacional. Otra vez dijo que no, pero su familia la convenció de que lo hiciera y ya.
Conclusión: Ángeles decidió entrenar en el Centro Paralímpico Mexicano del DF y en los Juegos Parapanamericanos de 2007 se coronó por primera vez como campeona internacional en lanzamiento de bala, que también le daría oro en Beijing 2008.
Así que hoy se dedica de tiempo completo al deporte, lo que no implica que las huellas del accidente hayan desaparecido.
Como tampoco lo ha hecho el “dolor fantasma”. Hace poco iba en la camioneta con su esposo. “Me duele la rodilla que ya no tengo”, dijo nerviosa, y comenzó a reír.
* * *
Retenga este dato después de leer el presente texto porque, desde cualquier punto de vista, representa una tragedia mayúscula que usted no querría vivir: más de 24 mil mexicanos mueren cada año por accidentes automovilísticos en los que el alcohol y la velocidad resultan ingredientes infaltables.
Quienes mueren por esta razón están creciendo a un ritmo impresionante. Si en 2005 fallecieron 16 mil mexicanos, en 2008 subieron a cerca de 20 mil y en 2010 al menos hubo 24 mil muertos.
En pocas palabras: en esos tres años el padrón de mexicanos tuvo 60 mil bajas.
Y los pronósticos de las autoridades de la Secretaría de Salud, institución que ha comenzado una campaña de cinco puntos como parte del programa mundial del Decenio de Seguridad Vial para detener la tendencia, son poco optimistas.
Si no se actúa, ya, en unos años la estadística se disparará.
“Si no hacemos nada, habrá un crecimiento progresivo de las muertes, de las 24 mil que ocurren en la actualidad a 32 mil por año. Con las acciones, se podrían evitar hasta 88 mil muertes en los próximos 10 años”, reflexionó José Ángel Córdova Villalobos, secretario de Salud, hace unos días, durante la reunión de la Conferencia Nacional de Gobernadores.
La tasa de mortalidad por los accidentes viales es tan elevada que ha sido ya declarada por las autoridades como una epidemia de salud pública con costos muy elevados para el país entero.
De hecho, Arturo Cervantes Trejo, director general del Centro Nacional para la Prevención de Accidentes (Cenapra), destaca lo que en su opinión es una verdadera alarma: cada día 66 mexicanos fallecen por esta causa. Es “un problemón y es la primera causa de muerte en jóvenes mexicanos de entre 15 y 29 años edad”.
Cómo explicar lo que está ocurriendo en las calles de México: los especialistas como él comentan que en los accidentes conviven el consumo de alcohol (60 por ciento de los casos), la velocidad (28 por ciento) y distractores (30 por ciento).
La dimensión económica de las muertes por accidentes es un aspecto poco explorado, pero muy significativo: este tipo de accidentes le cuestan a México cerca de 1.5 por ciento del PIB, equivalente a más de 126 millones de pesos al año, de acuerdo con estimaciones del secretario de Salud.
Para obtener esa cifra se toma en cuenta que cada año se registran 4 millones de accidentes viales, 750 mil hospitalizaciones y 40 mil discapacidades –vértebras rotas, lesiones cervicales, de cráneo, amputaciones– que requieren atención permanente.
La cantidad incluye el costo de materiales para la atención de accidentados, pero también los costos indirectos: la pérdida de productividad.
“La esperanza de vida en hombres es de 72 años. Alguien que muere a los 26 deja de producir 4 millones de pesos a lo largo de su vida. Multiplicas esta cantidad por el número de muertos y lesionados y te da cifras realmente estratosféricas”, argumenta Cervantes Trejo.
Cada día se hospitaliza en el país a más de 2 mil mexicanos a causa de accidentes de tránsito. Los que no mueren, resultan con una discapacidad permanente. Pocos quedan intactos.
El informe 2010 del Cenapra resalta que Nuevo León, Colima, Chihuahua y Tamaulipas tienen las tasas más altas de accidentalidad.
–La velocidad es el principal factor de riesgo –continúa Cervantes–. Si vas a 120 o 140 kilómetros por hora y chocas, es equivalente a que te aventaran desde una altura de 22 pisos. Por eso la gente se mata.
–¿Qué tienen en común los estados con más accidentes viales?
–El exceso de velocidad y el consumo de alcohol desmedido. Si te tomas dos copas y manejas un carro, se reduce la coordinación motora, la habilidad para responder a situaciones de emergencia y la habilidad para dar vueltas. Aun así, en algunos estados es legal manejar con ese nivel de alcohol.
–Otros países tan motorizados como México no presentan la misma cantidad de accidentes.
–Es cuestión de inversión y de programas de prevención.
Ciudades como Barcelona o Madrid tienen una cuarta parte de las tasas de siniestralidad que existen aquí. España, Francia e Inglaterra lograron reducir a la mitad sus tasas de accidentes. Faltan más programas de alcoholimetría en todo el país y, lo difícil, que la policía haga cumplir la ley.
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León Coronado: las nueve cervezas que quebraron su columna
León Coronado Gastélum abrió los ojos y, sin poder moverse, sintió que alguien lo había estado torturando.
–Has estado inconsciente desde hace dos días. ¿Recuerdas el accidente? –le preguntó alguien, difícil precisar quién.
–No sé de qué habla –respondió con dificultad, pero bastó un segundo para descubrir que las piernas no le respondían.
Desconcertado, intentó moverlas. Eso fue imposible.
–Es normal y pasajero. ¿Ya recuerdas el accidente? –insistió la misma persona.
No respondió. Lentos, los recuerdos comenzaron a tomar forma. En su memoria quedó la huella de la preocupación por cómo reaccionarían sus padres. El auto quedó destruido.
“Dios, ¡qué regañiza me espera!”.
No fue así. A las seis de la mañana del 26 de agosto de 1994, cuando comenzó esta historia, sus padres visitaban el DF. Veintidós horas antes, León despertó feliz en su casa en Zapopan, Jalisco.
A sus 19 años, tenía dos razones para sonreír. Días antes había comenzado sus estudios en mercadotecnia en la Universidad Autónoma de Guadalajara y, lo que en verdad resultaba relevante para su futuro, el entrenador de futbol Víctor Manuel Vucetich le había comunicado que muy pronto se incorporaría a jugar con los Tecos, el equipo de futbol de primera división. León llevaba años esperando la noticia.
Así que ese jueves partió a la universidad. Más tarde, recibió una llamada. Eran sus primas. Vacacionaban y querían salir a dar una vuelta. No lo pensó mucho.
En la noche, pasó por ellas y su amigo Armando. Acudieron a un antro de moda en Guadalajara, festejaron con varios tragos y un poco de baile. Tres horas después, habían regresado a casa de León, pero por alguna razón él no quería estar ahí.
Jovial, tomó el teléfono. “¿Papá? Quiero verlos”. “¿Bebiste?”. “Poquito. Pero ahorita tomo un avión y me lanzo”.
“Bueno…”.
Lo primero que hizo después de ir a dejar a sus primas fue probar la potencia de su automóvil y acelerar. Tenía que llegar al aeropuerto.
–¡Wow! Vamos a 200 por hora –dijo Armando cuando se acercaban al municipio El Salto, en la carretera a Chapala.
–Ajá –expresó León.
Todo iba bien. Pero apareció un Corvette gris y rebasó a León, quien no quiso quedarse atrás y aceleró.
Excitado y mareado, apenas notó que una ráfaga de ira agitó su ánimo, desviándolo del camino y provocando una volcadura predecible, casi perfecta. Eran las seis de la mañana.
El vehículo rodó durante 12 segundos y, con León a 45 metros de distancia, se detuvo al lado de la carretera. Cuando Armando despertó y salió del auto semidestruido, agradeció haber utilizado el cinturón de seguridad. No tenía un rasguño.
En el suelo se encontraba León: seis de sus 24 costillas quedaron destrozadas, dos de ellas se incrustaron en los pulmones, por lo que habrían que drenarlos para evitar que muriera de una neumonía. Un golpe más provocaría que León lamentara irremediablemente haber bebido nueve cervezas: el que le quebró la columna vertebral. León ya no caminaría jamás.
A pocos extrañó que un niño vivaracho como él se inclinara por el futbol, apenas seis años después de haber nacido un 30 de diciembre de 1974 en Zapopan, Jalisco. El problema eran las malas notas escolares. Para él, primero estaba el futbol.
Sus padres reconocieron su talento y lo afiliaron a las fuerzas básicas del Guadalajara. Pasaron los años, León se convirtió en un goleador nato pero un estudiante por debajo del promedio.
Mudó de un colegio a otro hasta que llegó a una preparatoria de la Universidad Autónoma de Guadalajara y se incorporó a las reservas de los Tecos. Era un hecho que pronto debutaría como futbolista profesional.
Nadie detendría su ascenso deportivo. Por eso fue triste verlo respirar con dificultad, en terapia intensiva, sometido a una interminable serie de operaciones. Quién se atrevería a decirle que ya no podría siquiera pegarle a un balón.
Al contrario, le mintieron. Bastarían unos meses de terapia para que caminara como siempre. El tiempo transcurrió sin que notase mejoría alguna. “Iremos a Estados Unidos. Aquí los doctores no sirven. Es cuestión de meses”, comentaron sus padres, pero el asunto se extendió por más de un año.
Nada. Sólo ese incisivo dolor, el que experimentaba cada que le tomaban placas a su columna: todos los días.
Fue inútil. León titubeaba al hablar. Sus padres ya no sabían qué inventar. Así que dijeron lo que tenían que decir y callaron. Él tampoco habló gran cosa. No le importaban las cicatrices. Sólo pensó en el futbol.
–Yo lo sabía, pero guardaba esperanzas. Estaba arrepentido. Hacía muchas conjeturas: ¿y si me hubiera quedado en casa?, ¿y si…?
Cómo aceptar que tenía la responsabilidad, y que, al contrario de lo que me dijeron, nunca nada iba a volver a ser lo mismo, lo que implicaba recriminarme las consecuencias durante todos los días.
Comencé a tomar terapia regularmente en un gimnasio. Ya no quería que mis papás gastaran tanto dinero en una falsa recuperación. Comprendí que no volvería a jugar futbol. Eso era lo más triste, pero no lloré. Era justificarme.
Sentado en su silla de ruedas, León regresó a una nueva universidad. Imaginó que la vida podría ser igual que antes y, con suerte, incluso mejor.
Sólo fue diferente. Supo qué significaba ser discapacitado cuando ingresó a una escuela que no estaba acondicionada para las personas como él.
Donde, incluso, era el único discapacitado.
–Salí de la universidad y tuve que buscar trabajo y moverme por mí mismo. ¡Qué difícil! Es aterrador ser discapacitado en México. El espacio es y funciona para las personas convencionales. Volví a aprender a hacer todo, ir al baño y cubrir mis necesidades básicas. No caminar se convirtió en algo irrelevante cuando lo comparaba con todo lo que eso implica. Pero mi otra vida seguía ahí. Quién olvida la sensación de patear un balón o bailar. Durante un tiempo trabajé en el DIF de Jalisco. Daba accesibilidad a todo tipo de lugares para las personas con discapacidad. También voy a universidades para platicar mi experiencia, para decir a los jóvenes que los accidentes viales suceden y que es posible prevenirlos. Es un proyecto con un lema simple: “La fiesta dura toda la vida, no te la acabes en un día”.
Enmudece. Está recordando aquella escena en el hospital. Cuando decía que no sabía qué había pasado.
–¿Ya recordaste el accidente? No te preocupes. Volverás a la normalidad.
–No lo sé, pero algo me dice que usted miente. Que miente y no deja de mentir –respondió.
* * *
Lorna Parra Badillo, una violinista con prótesis
¿El fin del mundo, perder la mano y la mitad del brazo izquierdo? Pregúntenselo a una violinista de 21 años.
Aquella vez sentí como si alguien me arrastrara rabiosamente contra el piso de la carretera Cuautla-Morelos. La noche del 21 de diciembre de 2007 mi hermano mayor, de 29 años hoy, bebió en una boda en Cuautla. Más tarde, ebrio, se aferró a conducir la camioneta de regreso al DF. Varios familiares, entre ellos mi madre y mi novio, subieron al vehículo y a mí, Lorna Parra Badillo, me mandaron a la cajuela.
Ahí estaba, a punto de sumergirme en el más placentero de los sueños… por eso, cómo notar el exceso de velocidad, la curva y los tres giros que dio el vehículo. Salí de la cajuela, pero no supe cómo. No sé qué les sucedió a mi mano y a mi brazo. Cuando reaccioné, ya no estaban. No sólo eso. Sufrí una enorme herida en la espalda, que mereció 100 puntadas internas y externas. La prueba, la cicatriz que aún conservo.
Mi hermano y madre se sentían culpables. Qué más daba. Yo sólo pensé en la música. En mi violín.
Lloré. Mil veces lloré. A principios de 2008 comenzaría la carrera de música y aborté el plan: ingresé a la escuela, al Centro Morelense de las Artes, pero me dediqué a tomar clases de canto, dije adiós al violín. Al año deserté. No podía ver a los demás con el instrumento.
Fueron días de frustración. Era zurda. No podía hacer nada. Haciendo bolitas y palitos comencé a usar la mano derecha. Sólo hasta un año después del accidente comencé a utilizar una prótesis. Decidí regresar a clases porque un pretendiente me regaló un violín para zurdos. ¿Qué pasó con mi novio? No superó el accidente. Pasó poco tiempo para que se despidiera de mí.
* * *
Gabriel González, miembro ejecutivo del Consejo Ciudadano para la Seguridad Vial, cree que no hay nada oculto bajo el sol cuando se trata de explicar por qué la gente se está muriendo tanto en accidentes viales: conductor, vehículo y camino.
Alcohol más velocidad, más época de lluvias, igual a accidente. Manejar a 40 kilómetros por hora puede ser exceso de velocidad, depende de la zona.
En general, no se habla mucho de los vehículos, pero él sabe qué papel juegan en los accidentes.
“El Atos y el Matiz encabezan los altos riesgos, pues el centro de gravedad lo tienen muy arriba. Si das una curva a 20 kilómetros, el auto puede voltearse. Imagínate si vas a mayor velocidad. Por su bajo peso y las llantitas tan pequeñas que utilizan, tienen poca superficie al momento de frenar.
En vez de hacerlo a 10 metros, lo hacen a 30 metros. Pesan tan poco que se van como una bicicleta”.
Estos vehículos, resalta, no utilizan los dispositivos que en otros países son obligatorios como las bolsas de aire y los cinturones de seguridad, adelante y atrás.
Estados Unidos no permite que estos coches se vendan en su territorio, pero en México no existe normatividad al respecto. “México y América Latina son aeropuertos de chatarras. Vehículos que por algo no funcionan y no se venden en países como Estados Unidos y Alemania, los mandan para acá”.
–¿Qué hacen los países que han reducido sus índices de accidentalidad?
–En España, para poder manejar, el nuevo conductor gasta 2 mil euros para obtener su carnet, que sería la licencia. A quien le costó 2 mil euros, lo cuida más que quien pagó 300 o 500 pesos, como es el caso de México, donde es más cara una multa que tramitar una nueva licencia.
El reglamento metropolitano dice que el conductor que la obtiene por primera vez está obligado a tomar un curso de manejo en una escuela autorizada y que sin ese certificado no habrá permiso. Nadie hace eso, empezando por la autoridad. Nadie te pide ese documento.
Pagas tus 300 pesos y ya. En México sólo existe un reglamento: traiga estos papeles y pague tanto.
*
Aníbal Peña: ¿cuál sería tu vida si nada hubiera pasado?
Es extraño que ya no digas nada, Aníbal. Antes no dejabas de hablar, de sonreír. Ahora, ni siquiera tengo certeza de tu estado de ánimo. Sólo lo imagino. Algo me dice que entiendes todo lo que escuchas. Lo sé porque tu rostro cambia cuando tu madre y yo discutimos, o en los paseos familiares, que es donde te veo sonreír, igualito que antes de que ocurriera el accidente.
No estoy enojado contigo. Lo estaba al principio, pero era con todos. Ya no. Tu mamá y yo te amamos, a ti y a tus dos hermanas. Pero qué difícil ha sido todo.
Sueño con el día en que vuelva a escuchar tus palabras. La última vez fue el 1 de enero de 2004, en la madrugada. Por teléfono, me deseaste feliz año y me prometiste que ibas a cumplir nuestro trato.
¿Te acuerdas? Esa vez, te dimos permiso para que fueras a recibir el año lejos, con tus amigos. A cambio, te pedimos que no salieras de la casa en la que estabas en Yautepec, Morelos, desde la noche del 31 de diciembre.
Teníamos miedo de que algo te pasara con tantas personas ebrias conduciendo por todos lugares.
Dijiste que sí. Pero rompiste el trato, porque tú y ellos fueron a Cocoyoc en busca de otros camaradas, regresaron a Yautepec y ahí recibiste el año.
Tus amigos me juraron que no bebiste alcohol, pero que ellos sí. Yo, tu padre, Gerardo Peña, y tu madre, Nora Albores, les creemos.
Nunca sabré qué cantidad de alcohol ingirieron. Lo que sé es que, a las cuatro de la madrugada, los que estaban quedándose en Cocoyoc decidieron regresar.
Así que insistieron y a los demás, entre ellos tú, no les quedó de otra… ¿en serio no les quedó de otra? Total, irían rápido y regresarían a Yautepec. Abordaron el automóvil tú, tu novia y cuatro jóvenes más. El dueño del vehículo se quedó en esa casa, dormido de tan borracho.
Nadie usó el cinturón de seguridad. Nunca entenderé eso, por más que intento. Creía que tu mamá exageraba al darte consejos cuando salías de casa. Siempre la misma cantaleta: “nunca subas a un auto si la persona que va a conducir está borracha”, “si tú estás ebrio, tampoco subas; llámanos, vamos por ti”, y, lo que más recuerdo, “siempre, Aníbal, siempre abróchate el cinturón”. Era su guión, invariable.
Tú siempre decías “sí”. Por eso menos entiendo que te hayas subido a un vehículo conducido por una persona ebria.
¿Por qué? Seguramente estabas eufórico, contento, por estar con tus amigos.
Es difícil saber qué sucedió. Ellos dicen que llegaron a la carretera Yautepec-Cocoyoc. Lamento no saber cuáles fueron tus últimas palabras justo antes de que el conductor acelerara cuando se acercaban a una curva. Ahí había un tope y un automóvil estacionado.
Tu amigo perdió el control en esa curva al tratar de esquivar al vehículo, salió del asfalto y entró a tierra… el carro volcó y rodó durante varios segundos, los suficientes para que tú, tu novia y un amigo salieran disparados por el medallón a las cuatro y media de la mañana.
Quizá nunca lo sepas, pero tú y tu amigo perdieron el conocimiento. Tu novia sufrió algunos golpes, nada que lamentar. Pero él, tu amigo, murió a los dos días.
Aníbal, tú estabas tumbado sobre la tierra a unos 35 metros del coche, te golpeaste la espalda y sufriste decenas de lesiones en el cuerpo. Sobreviviste a dos paros cardiorrespiratorios. A tus 20 años, cumplidos el 14 de diciembre de 2003, quedaste cuadrapléjico, con un trauma craneoencefálico severo.
No a todos les fue mal. Los dos jóvenes que iban en el lugar del copiloto sufrieron algunas lesiones, nada de cuidado. Quien manejaba no sufrió daño alguno, ¿puedes creerlo?
Te diré qué pasó después. Esa mañana, tu madre y yo llegamos a nuestra casa, en Tlalpan. Salimos a recibir el año. Nos alteramos cuando sonó el timbre y descubrimos que se trataba de los papás de tu novia. Nos dijeron lo que sucedió. Que estabas en el hospital general de Cuautla. Eran las siete de la mañana.
No hubo tiempo para preguntas. Pero en mi cabeza una idea me provocaba punzadas: tú, Aníbal, habías prometido no salir de esa casa.
¿Por qué estabas en un hospital? Llegamos al nosocomio a las ocho y media. Era el primer día del año y no habías recibido atención alguna. Era un hospital con muchas limitaciones. Estabas inconsciente, en un rincón, abandonado en una camilla como un cachorro atropellado.
Estabas ahí porque nadie respondió por ti cuando llegó la ayuda. Por eso, después de algunos trámites, te trasladamos a un hospital de la Ciudad de México. Los recursos se agotaron, así que tuvimos que llevarte a uno más económico.
El último lugar en donde estuviste internado fue el Centro Médico Siglo XXI. Ya no teníamos dinero.
Ahora que te veo recuerdo exactamente las condiciones en que estabas cuando te dieron de alta: encorvado y muy delgado. Perdiste 25 kilos. Antes pesabas 65.
Aunque presentas actividad cerebral, no puedes valerte por ti mismo porque tienes una disminución en la actividad de las funciones intelectuales.
Tampoco hablas, sólo emites algunos sonidos que todavía hoy no logro comprender del todo. Pero tu madre sí, luego de tantos años.
Porque desde entonces vives en la casa de Tlalpan. Eres una persona cuadrapléjica, en estado de estupor, lo que ha ocasionado momentos de desesperanza y frustración. Sobre todo cuando recordábamos tus planes, los que repetías y repetías.
¿Recuerdas que ya tenías todo listo para irte a Europa de mochilero a mediados de enero de 2004 y que ya había comprado tu boleto?
Siempre fuiste creativo, por eso ibas a estudiar arquitectura. Fuiste un niño aventurero, estudiante promedio, pero listo. A los 12 años fuiste campeón nacional de clavados. Estábamos muy orgullosos.
Pensábamos invertir en bienes raíces y colaborarías en el estudio fotográfico de la familia… todo se quedó en un mero plan.
Tu accidente, hijo, no sólo afectó tu vida.
Nuestra familia se vio trastocada. Pero no sólo tus padres y tus hermanas, sino un círculo familiar amplio, tíos y primos. Fue un cambio de vida absoluto. Han pasado siete años, pero no hemos podido recuperarnos.
Tienes que saber que la vida se volvió más compleja y menos espontánea. Ahora todo es programado y meditado.
El aspecto económico nos golpeó. Hace poco más de un año mejoró. Pero si supieras por todo lo que tuvimos que pasar. Porque cuando los recursos personales se acabaron, que fue muy pronto, recurrimos a las tarjetas de crédito familiares, luego a las de los conocidos.
El Seguro Social fue la última opción. Somos tus padres y queríamos que recibieras la mejor atención y a la brevedad.
Luego del accidente supe que había muchas personas que te conocían. Al poco tiempo de ocurrido, recibí en casa a tus amigos y compañeros de la preparatoria, la que concluiste tres meses antes del accidente. Qué sorpresa que fueran tantos.
Les conté mi experiencia. A todos les puede pasar, insistí una y otra vez.
Les recordé que, antes del tuyo, ya había ocurrido otro accidente a alumnos de la misma prepa.
Aquella vez también hubo un muerto. Pero vivirlo en carne propia fue muy distinto. Porque no sabíamos a dónde dirigirnos y qué hacer. Buscando y preguntando, así es como salimos adelante.
Yo sabía que era mi obligación hacerme cargo de la situación. Digamos que fui y soy la base familiar.
Pero, debo confesarte, alguna vez pensé en mandar todo al diablo… pero no pude. Hice todo lo que estuvo a mi alcance.
En siete años, Aníbal, has evolucionado muy poco. Siempre me pregunto cuál sería tu vida si nada hubiera pasado. Habías hecho tu examen de admisión a tres universidades. Estabas contento, enamorado de tu novia.
Ella estuvo junto a ti luego de lo ocurrido. Tomó su camino tiempo después. Por supuesto, entendí la situación y la apoyé. Sigues recibiendo la visita de tus amigos, pero ya no con la frecuencia que antes. Ellos tienen nuevos compromisos.
Varios terminaron su carrera. Algunos, incluso, están casados y tienen hijos.
Nosotros, cuando podemos, vamos a Cuernavaca o al cine. Convivimos mucho más que antes. ¿Lo has notado?
Tú no puedes comer cualquier cosa, tus alimentos los convertimos en papilla. Los doctores, pese a los avances tecnológicos, no dan un diagnóstico concreto sobre tu estado.
Nos dicen que eres una persona sana, con excepción de tu trauma craneoencefálico.
Nunca te ha faltado algo. Tu mamá se encarga de todas tus necesidades. Conversa contigo y te abraza muy fuerte.
No siempre fue así. Alguna vez estuve más preocupado por su salud que por la tuya. Estaba deprimida. Y su desánimo aumentaba cada día porque no dejaba de pensar en que todos los proyectos de la familia se habían truncado.
Se sumergió en una terrible depresión. Sentía que estaba perdiendo a mi esposa, ella se convirtió en parte del mobiliario de la casa. Tu mamá se sentaba a tu lado durante 18 horas del día. Era su rutina. Le pedía que almorzara con nosotros en el comedor, pero ella gritaba que pretendía separarla de ti.
“¡No me causa placer comer en la mesa!”.
Al poco tiempo dejó de hablar. Por las mañanas, despertaba y ella ya estaba a tu lado, callada. Era un problema igual o peor que el tuyo. Así fue durante dos años y medio.
¿Sabes por qué reaccionó? Fue gracias a tu hermana menor, Italia, quien tenía seis años cuando ocurrió el accidente.
Tu hermana tenía necesidades que cubrir, como ir a la escuela.
Necesitaba que alguien le preparara el desayuno. Por eso tu madre reaccionó. Italia la sacó adelante. Los psicólogos no pudieron. Ellos, incluso, nos dijeron que debíamos tomar terapia de pareja porque los matrimonios rompen con frecuencia cuando se encuentran en estas circunstancias. Fue como si me aventaran agua fría a la espalda.
¿Quieres saber qué más pasó? Me hice miles de veces las mismas preguntas: ¿por qué pasó?, ¿por qué no te amputaron una pierna?, ¿por qué no te fuiste? Otras mil veces lloré en secreto.
No lo hice en público porque derribaba a las personas a mi alrededor. Después, cuando tienes que levantarte, ellas quedan abatidas, sumergidas en la depresión y el miedo.
Pero seguimos siendo una familia. Creo que estamos juntos porque siempre fuimos muy unidos; si no, no la hubiéramos librado.
Yo sigo haciendo fotografía, pero el negocio familiar ya no es el mismo. ¿Recuerdas que alguna vez tuve a 21 personas trabajando para mí? ¿Sí?
Pues hoy sólo trabajo como freelance.
Planeo abrir una fundación que tendrá por nombre Maneja tu Vida, para prevenir accidentes como el tuyo. El alcohol no es buen consejero, hijo. No les prohibiría a los jóvenes beber. Pero sí que hagan conciencia. Como tu mamá decía: ¿por qué no tomar un taxi o llamar a sus padres? Podrían mutilar sus vidas, como te pasó a ti.
Pero, te repito, yo confío en que eres feliz, a tu manera. Por eso, como tú, Aníbal, también sonrío.
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¿Qué tan grande es esta epidemia de salud pública?
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México se ha convertido rápidamente en uno de los países del mundoen los que la tasa de accidentes automovilísticos ha crecido a ritmos alarmantes. Las cifras son elocuentes.
- Muertes por accidentes de autos en 2005: 16 mil
- Muertes por accidentes de autos en 2008: cerca de 20 mil
- Muertes por accidentes de autos en 2010: al menos 24 mil muertos
- 66 mexicanos fallecen cada día por accidentes de autos.
- Los accidentes de autos son la primera causa de muerte en jóvenes mexicano de entre 15 y 29 años de edad.
- Los accidentes de autos le cuestan a México cerca de 1.5 por ciento del PIB, equivalente a más de 126 millones de pesos al año.
- Cada año se registran 4 millones de accidentes viales, 750 mil hospitalizaciones y 40 mil discapacidades –vértebras rotas, lesiones cervicales, de cráneo, amputaciones– que requieren atención permanente.
- Cada día se hospitaliza a más de 2 mil mexicanos a causa de accidentes.
- Nuevo León, Colima, Chihuahua y Tamaulipas son los estados con las tasas más altas de accidentalidad.
- • Chocar a 120 o 140 kilómetros por hora equivale a aventarse desde una altura de 22 pisos.
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