“La verdad, me apendejé”

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Madres adolescentes

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“La verdad, me apendejé”

 

Cada vez se registra un mayor número de jóvenes que se embarazan. Tres de cada 10 mexicanas se convierten en madres antes de cumplir 20 años. A pesar de que hoy se cuenta con más información sobre sexualidad y  métodos anticonceptivos, la tasa de fecundidad adolescente está en los niveles de 1990. Chicas y chicos de 15 a 19 años no saben cómo protegerse o, aunque conozcan el condón y la píldora, por ejemplo, deciden no usarlos.  

Los expertos tratan de hallar una explicación a este fenómeno y observan  dos elementos: primero, el gobierno federal ha abandonado por razones ideológicas las campañas de planificación familiar; segundo, que ha crecido el número de embarazos deseados entre las jóvenes porque ante la falta de expectativas para el futuro se conforman con un bebé en el presente.

 

Por Mónica Cruz  mcruz@m-x.com.mx
Fotografías: Eduardo Loza y Christian Palma 

 

Nada. Resulta inútil levantar la voz, agitarse, insistir en todos los tonos posibles.

—¡Frisia, abre la puerta! —grita de nuevo Héctor, su padre.

No hay respuesta del otro lado.

Héctor golpea con los nudillos mientras se recarga en la puerta de madera, se aferra a la perilla, insiste y repite el nombre de su hija una y otra vez.

—Ya le dije que ustedes llegaron, pero no quiere salir de la recámara —intenta explicar María, la madre de Frisia.

Nada. La joven de 19 años no piensa abrir la puerta de la recámara de esta apretadísima casa, de unos 40 metros cuadrados, en la que se desborda la tensión.

—¡Frisia, Frisia! —vuelve a la carga, infructuosamente, Héctor ante la presencia de dos extraños que atestiguan

que su hija no le hará caso.

Él sigue tocando, María está a punto del llanto. Tiene el rostro enrojecido y aún conserva rastros de la discusión que acaba de sostener con su hija.

—Es que se enteró de que otra vez está embarazada.

Siempre que se embaraza se deprime—atina a decir y tratar de justificar lo que no tiene por qué.

—Déjela, no hay problema. Llegamos en un mal momento, mejor nos vamos…

Es una escena incómoda para la familia, que vive en Tepito, en una casa de interés social construida por el gobierno del DF luego del terremoto de 1985, cuyo exterior ya muestra las huellas del deterioro de un cuarto de siglo.

Ninguno de los padres consigue que Frisia salga de la habitación. María no puede más y comienza a llorar, primero discretamente y luego las lágrimas escapan a su control.

—Yo le dije que se tomara las pastillas, pero la mensa me decía ‘Ay, no, es que engordan’. La llevé a que se hiciera una prueba y ayer me dieron los resultados. Ella me decía ‘No, mamá, no quiero saber’, pero hoy le dije y por eso está así. Tiene un mes de embarazo.

María solloza sin control. Ya sabe lo que le espera:

—Y ahora me voy a tener que ocupar de ella, de este niño y del que viene.

Se refiere a su nieto, Jonathan, de dos años, primer hijo de Frisia, quien lo tuvo a los 16 años. El pequeño juega a un lado de su abuela, arrastrando por el piso un carrito de plástico rojo.

María llora con más fuerza, se cubre el rostro con la mano.

—Pero todavía están a tiempo, ¿no? Todavía puede…

María sacude la cabeza y reacciona enseguida ante la interrumpida insinuación.

—No, no, yo no creo en eso del aborto. Aquí recibimos a todos los hijos que Dios nos manda.

* * * 

No hubo poder humano que hiciera salir de la habitación a Frisia esa tarde. Ella no quiso platicar, pero sí lo hizo Jazmín, su mejor amiga. Saben todos los secretos una de la otra. De hecho, Frisia diagnosticó el embarazo de Jazmín antes que cualquier médico.

“Fue la primera que supo, yo le dije que se había atrasado mi regla. Nada más me vio y me dijo ‘Sí, tú estás embarazada’”.

Una prueba de sangre terminó por corroborar la corazonada de Frisia. Jazmín tenía 15 años. Su hermana Anahí fue la segunda en enterarse de la noticia. Al día siguiente le consiguió un par de pastillas para interrumpir el embarazo. “Ándale, tómatelas —le ordenó—. Es lo mejor. Mi mamá te va a matar si se entera”.

Jazmín recuerda estar frente al retrete de su estrecho baño mirando las dos pastillas hexagonales en la palma de su mano. No se atrevía a tragárselas. “Me daba miedo que me fuera a pasar algo, que me doliera o sangrara mucho”.

También contaba su creencia de que “le causaría un daño al bebé”. Eso fue lo que la convenció de cancelar el plan. Jazmín coloca las manos sobre su abdomen y sigue contando. “Yo le dije a mi hermana ‘Toma tus pastillas, no las quiero’”.

Los días siguientes fueron los peores. La angustia no la dejaba comer, dormir, pensar. Tendría que decirle a Enrique, su novio, que en unos meses se convertiría en padre. No pudo elegir peor día para revelarle su condición.

Al salir del cine, casi de noche, una fuerte lluvia los empapó. Él estaba furioso. Condujo su moto a toda velocidad y no le dirigió la palabra a Jazmín en todo el camino de regreso a Tepito.

—Vamos por unas quesadillas para que se te baje el enojo —sugirió la muchacha al llegar a su vecindad en la calle Mineros.

Enrique aceptó sin mucha gana.

Antes de que les entregaran las quesadillas, Jazmín alejó a Enrique del resto de los comensales.

—Estoy embarazada —susurró.

El joven de 15 años no habló, tampoco miró a su novia. Tras unos segundos contestó:

—Voy a hablar con tu mamá, le voy a decir que nos vamos a juntar.

Jazmín sintió un ligero alivio. El plan de vivir juntos no la entusiasmaba mucho, pero por lo menos Enrique estaría  a su lado cuando le diera la noticia a su mamá.

Ese día nunca llegó.

En las semanas siguientes, Enrique encontró un sinfín de pretextos para alejarse de ella. Un día lo buscó sin éxito por todo el barrio. Más tarde, Adrián, el hermano mayor de Enrique, le revelaría su paradero. “Está en el reclusorio, lo agarraron robándose un coche”.

Jazmín tenía dos meses de embarazo.

* * * 

Ya no podía ocultar su vientre abultado bajo la sudadera. Ya no podía postergar el momento más difícil en sus 15 años de vida: confesarle a su madre, Elena, que estaba embarazada.

La tolerancia de Elena era bastante limitada. Si las calificaciones de su hija bajaban un poco, le prohibía salir de su casa. Si llegaba unos minutos después de las 11 de la noche, cerraba la puerta de la entrada con llave y la dejaba afuera.

Jazmín no se atrevía a imaginar su reacción ante el anuncio de su embarazo, pero no tardaría mucho en averiguarlo.  Se lo dijo una noche cuando descansaban en el sillón frente al televisor. El rostro de Elena, naturalmente severo, se contrajo en un ataque de furia. Jazmín aún recuerda su voz iracunda: “¡¿Cómo es posible?! ¡¿Por qué no te cuidaste?!”.

La adolescente no pudo contestar esa pregunta. Incluso tres años después de aquella noche, no encuentra una explicación.

“No sé… no se me ocurrió, no pensaba bien”, murmura.

Apenas se escuchan sus palabras. Se encoge de hombros y clava la mirada en sus pies.

No era que estuviera desinformada. Conocía los anticonceptivos, algunas de sus amigas los usaban, sabía que podía embarazarse si tenía relaciones sexuales sin protección. Y más de una vez le pidió a Enrique que usara condón, pero la petición siempre terminaba en pleito.

—¿Qué, no me tienes confianza? ¿Crees que me ando acostando con otras, que te voy a infectar?

—No, no es por eso. Es que, si quedo embarazada, ¿qué vamos a hacer?

—Pues nos juntamos, tenemos al bebé y ya.

Ahí terminaba la discusión.

La chica inclina la cabeza y sonríe a medias tras remover sus recuerdos. “Ya sabes cómo te hablan bonito y después  dejas de pensar”.

Sus ojos, rodeados por una estela de polvo plateado, esquivan cualquier otra mirada.

* * * 

Jazmín abandonó la escuela. No terminó el segundo año de secundaria. Se quedó en su casa. Quienes la visitaban la encontraban siempre en la misma posición: desparramada en el sillón azul con cojines amarillos, chupando cubos de hielo sin quitar la vista de la televisión. Lo único que cambiaba era el tamaño de su barriga.

Fingía concentrar su atención en las telenovelas y los programas de concursos, pero en realidad se ponía a imaginar un futuro que no deseaba presenciar.

“Pensaba en cómo le iba a hacer con el bebé, en el parto, en la escuela… No me gustaba estar sola porque me clavaba en esas cosas”.

Ese futuro al que tanto le temía llegó el 11 de mayo de 2008. Ingresó al Hospital de la Mujer a las 11 de la noche.  Aún no olvida el dolor de las contracciones y de la punzada de la inyección de anestesia y el profundo sueño que sintió unos segundos después.

“No te duermas, ¿no quieres ver nacer a tu bebé?”, le susurraba la enfermera mientras le acariciaba la cabeza.

Jazmín apenas podía mantener los ojos abiertos. Lo único que quería era dormir, descansar, dejar de estar embarazada. Apenas vio un cuerpo diminuto en las manos del médico, se dejó caer en la cama y se durmió profundamente.

A la mañana siguiente vio a Sayuri por primera vez. Estaba a su lado, envuelta en una cobijita blanca. Sin despegar la cabeza de la almohada, leyó la información en la banda que envolvía la muñeca de la recién nacida. Fecha de nacimiento: 12 de mayo de 2008. Peso: 2.440 kilogramos. Sexo: Femenino.

“Estuve a dos días de ser madre el Día de las Madres”, dice y suelta una carcajada.

* * * 

Jazmín no tenía muchas ilusiones de ser madre cuando estaba embarazada, pero al ver a Sayuri por primera vez en el hospital, se le despertó “un cariño” difícil de explicar.

“No sé, es raro —mira al techo en busca de  palabras—. Siento esa necesidad de cargarla, de abrazarla, de dormir con ella, de estar con ella”.

Pero ser madre a los 15 años no es una situación idílica. Desde el nacimiento de Sayuri, Jazmín entró a una ajetreada rutina con pocos momentos de descanso. “Son demasiadas cosas: cambiarle los pañales, darle de comer, llevarla al doctor, bañarla, vestirla… ¡es mucho trabajo! No tengo tiempo para nada más”.

Lo más difícil son los gastos. La joven depende completamente de su familia. Su mamá paga una parte con el dinero que su papá envía desde Nueva York, donde trabaja en un restaurante desde hace cuatro años. Otra parte la paga su hermana Anahí. Y Adrián, su cuñado.

Jazmín no niega el amor por su hija, pero no le recomendaría a ninguna chica de 15 años seguir su ejemplo. “Tengo una amiga que está embarazada y yo le digo que no sea tonta, que no lo tenga, va a sufrir mucho cuando su bebé le pida algo y no pueda comprarlo, cuando su novio no la apoye, cuando no pueda estudiar”.

Desde los 11 años Jazmín soñaba con ser médica. Miraba con admiración a los doctores que atendían a su mamá y a sus hermanas. Se imaginaba corriendo por los pasillos de un gran hospital con una bata blanca y un estetoscopio alrededor del cuello, lista a escuchar el corazón de bebés y niños para salvarlos de terribles enfermedades.

Todavía no renuncia a su aspiración. “Quiero seguir estudiando. Estoy esperando a que Sayuri sea más grande para que vaya a la escuela y a mí me dé tiempo de estudiar”.

Hace frío en estos días de enero. Son las cinco de la tarde y Jazmín camina por el barrio de Tepito con Sayuri en los brazos. Ignora a un grupo de hombres que forman un círculo en medio de la calle Mineros; entre ellos está Enrique, que desde hace dos años salió libre. Él también ignora a su ex novia y a su hija.

Las dos se dirigen  a casa de Karla, quien tiene 16 años de edad y cinco meses de embarazo.

* * *

Los resultados del último Censo Nacional de Población rebasaron las proyecciones de Luis Muñoz, supervisor médico de Fundación Mexicana para la Planeación Familiar (MexFam).

“Pensé que obtendrían una cifra de 108 millones. Cuando leí que somos ¡más de 112! me fui de espaldas… Pero este dato es lógico si se observa que la tasa de fecundidad adolescente se mantiene igual, si se documentan casos de mujeres menores de 20 años que tienen tres hijos. Es realmente espantoso”.

Según un estudio de MexFam publicado en 2010, en México, tres de cada 10 jóvenes se convierten en madres antes de cumplir los 20 años.

“Esta proporción no ha cambiado desde la década de los noventa”, asegura Muñoz.

El especialista en salud reproductiva adolescente explica que los porcentajes de edad también se han mantenido inalterables.

“La mayoría de estas adolescentes tienen entre 17 y 19 años. Afortunadamente no hemos notado un aumento en embarazos de mujeres más jóvenes, de 10 a 14 años”.

Para el médico resulta paradójico que esta cifra se conserve igual a pesar que los adolescentes tienen más acceso a la información. “En internet pueden encontrar información sobre todos los anticonceptivos, incluso algunos que no están disponibles en México, pero no los utilizan o no los utilizan bien”.

Muñoz ofrece otro dato revelador: 80 por ciento de los adolescentes que usan métodos anticonceptivos “no los usa bien”.

“En nuestros talleres siempre pregunto quién utiliza condones y casi todos alzan la mano; luego pregunto quién los sabe utilizar bien y todos titubean. Entonces compruebo que la mayoría no lo saben colocar”.

En su opinión, las campañas y programas de prevención de embarazo adolescente y salud reproductiva no sirven si se sigue enseñando sobre sexualidad con base en el miedo.

“Debemos terminar con la costumbre de regañar a los adolescentes, de asustarlos, de sermonearlos. El éxito de estas campañas y talleres depende de las ideas que aportan los mismos jóvenes, de su participación”.

* * * 

Karla no se pierde un episodio de la telenovela Teresa. La protagonista es una joven de ojos azules, largo cabello ondulado y cuerpo seductor que nació en un ambiente de pobreza, pero eso no la inhibió para soñar en grande; aprendió a recurrir a sus encantos para seducir a hombres con dinero y así cumplir sus ambiciones.

“Me gustaría ser como ella —admite Karla—. Ojalá estuviera así de buena”, comenta y ríe sin ganas, como si necesitara hacer un enorme esfuerzo.

No sólo admira la belleza de su personaje favorito. “Teresa es lista y sabe lo que quiere. Estaba enamorada de un chavo pobre pero lo dejó para casarse con un hombre rico. El otro ya no es pobre, se superó y tiene dinero. Ahora sí lo pela”.

La chica de 16 años fantasea con la vida ficticia de Teresa sentada en los escalones de cemento de su vecindad en Tepito.

Recarga la cabeza en el barandal de fierro oxidado y juega con las tiras que cuelgan del cuello de su sudadera. Tiene las piernas doblabas a la altura del pecho, posición que oculta sus cinco meses de embarazo.

Karla y Jazmín se conocieron en su infancia. Una cuadra separa sus edificios en Mineros. Se hicieron amigas cuando Karla tenía ocho años y Jazmín, 10. Bote pateado, congelados, las escondidas, cualquier juego era divertido siempre y cuando las mantuviera afuera de sus casas.

Esas tardes quedaron lejos. Ahora Jazmín tiene una hija de dos años, Sayuri, que sube a gatas los escalones donde Karla está sentada. En cuatro meses, ella tendrá un hijo.

No, tampoco planeó embarazarse.

A su novio Samuel, de 26 años, no le gusta usar condones y Karla no tomaba anticonceptivos porque los creía innecesarios.

“Calculábamos los tiempos para que no me embarazara… pero nos falló”.

En octubre pasado Karla comenzó a sospechar un mal cálculo. Siguió el consejo de sus amigas: esperó un mes a que llegara su menstruación y cuando esto no sucedió se hizo una prueba de embarazo, que confirmó sus temores.

Sólo su hermana menor, Brenda, sabía el secreto. En un descuido lo mencionó enfrente de su padre y echó a perder el meticuloso plan de Karla para anunciar su embarazo en el momento indicado.

—¡No, papá, por favor! —imploraba Karla mientras su padre marcaba el teléfono de Samuel. El llanto y los ruegos de su hija no lo detuvieron.

—Bueno…

—Habla el papá de Karla. ¿Sabías que está embarazada?

—No, señor.

—Bueno, pues ahora ya lo sabes, ¿qué piensas hacer?

—No se preocupe, yo me voy a encargar de ella y del bebé. Vamos a vivir juntos.

La furia del padre de Karla aminoró cuando terminó de hablar con Samuel, pero ella no estaba de acuerdo con el plan.

—Papá, ¿y si mejor no tengo al bebé? —su pregunta rompió la fugaz calma que había menguado la tormenta.

—¡Lo vas a tener! —gritó su padre—. Vas a hacerte responsable de tus acciones.

Ese fue el fin de la discusión. En casa de Karla la palabra de su padre es ley, aunque él no viva ahí.

* * * 

Karla dejó de asistir a la preparatoria por órdenes de su papá. Esta vez, estuvo de acuerdo con él. “Me daba pena llegar a clases con mi panza”.

No extraña la escuela. Su primer semestre en el Colegio de Bachilleres plantel 10 fue decepcionante. “Los maestros no iban a las clases o las clases eran muy aburridas”.

Sus horas de clase las pasó en fiestas que se hacían en casas de amigos de los amigos, con bocinas tocando salsa a todo volumen, vasos de plástico llenos de ron y refresco, chicas riendo ruidosamente al ver los torpes pasos de baile de otros.

Karla reprobó todas las materias del primer semestre excepto Educación Física. Su embarazo acabó con cualquier posibilidad de cursar el segundo semestre, pero se prometió que continuaría estudiando después de dar a luz.

“Quiero acabar la prepa, pero quiero ir a una escuela de uniforme, en ésas hay más reglas, más orden”, dice.

Un certificado de preparatoria sería la oportunidad de salir de casa para trabajar, para ser como Mariana, su hermana mayor, la persona que más admira.

—A ella le tocaron muchas de las broncas de mis papás, por eso se fue a vivir con mi abuelita. Terminó la prepa y estudió un semestre de Derecho.

—¿Y por qué no siguió estudiando?

—Porque se embarazó… pero ella sí tiene un título de la prepa y es muy inteligente, consiguió trabajo en un banco.

Karla, al igual que Jazmín, atesora la ilusión de ser doctora y trabajar en una sala de urgencias, y de vivir en una casa bonita pero sencilla. “No quiero que sea fea o muy chiquita, pero tampoco quiero vivir en una mansión”.

Ese es el único futuro en el que piensa Karla. El incierto. El otro, el inevitable, que vendrá dentro de unos meses, prefiere dejarlo a un lado por ahora.

* * *

Sayuri salta en los escalones de cemento y hace vibrar el barandal de fierro oxidado. Karla la mira, pero hay algo en su expresión que le hace aclarar a Jazmín: “No le gustan mucho los niños”.

La aludida asiente con la cabeza. “Dicen que cuando tienes un hijo eso cambia, pero no sé. A veces me siento feliz de que voy a tener un bebé, a veces me da miedo. Me acuerdo de todo lo que le pasó a ésta”, dice apuntando con la cabeza a Jazmín.

Karla no sabe cómo mantendrá a su bebé y definitivamente no desea pensar en eso ahora. Lo que sí sabe es que no quiere vivir con Samuel, a pesar de la insistencia de él y de que si accediera no tendría que preocuparse por el dinero.

“Una cosa es ser novios y otra es vivir juntos con un bebé. Todo cambia. De por sí siempre nos estamos peleando. Imagínate si nos juntamos”.

Otro dilema que ha resuelto es el nombre para el bebé. “Si es niño, Axel; si es niña, Alexandra. Me gusta cómo suenan”.

Las demás decisiones las dejará para después. De momento la abrumada Karla sólo espera el paso de los meses en su casa. Las telenovelas la acompañan en su espera. Le gustan todas las del Canal 2, pero ninguna como Teresa, la chica de vecindad que renunció al amor de su novio pobre por casarse con un magnate, la chica lista que sabe lo que quiere.

—Entonces, ¿te gustaría ser como ella?

—Sí… pero ya qué.

* * *

El miedo y la falta de información no son los únicos factores que mantienen el embarazo adolescente en los mismos niveles desde 1990.

Esperanza Delgado, directora de Información y Evaluación de MexFam, detecta un problema más grave: por razones ideológicas o religiosas hay estados de la República que no siguen los lineamientos y las normas federales de salud.

—Hay una grave falta de abastecimiento de métodos anticonceptivos en hospitales públicos de varios estados, eso es un factor determinante en la tasa de fecundidad, no sólo de adolescentes.

—¿Cuáles estados?

—Dos ejemplos. En Guanajuato las autoridades obstruyen la venta de la píldora de emergencia abiertamente. Declaran que no quieren fomentar la sexualidad en los adolescentes, el sexo fuera del matrimonio. En San Luis Potosí ni siquiera venden la píldora.

—¿Qué factores mantienen en el mismo nivel de 1990 las estadísticas de embarazo adolescente?

—Siempre responsabilizamos al sector salud de la sexualidad adolescente, pero la instancia que tiene la mayor obligación sobre los jóvenes es la SEP: todas las escuelas deben llevar un programa de educación sexual idéntico, pero en la realidad son los directores los que deciden si lo implementan o no, o los profesores a veces se brincan temas porque no los creen apropiados.

El retroceso en programas de planificación familiar en la última década es notorio —continúa Delgado—. Este país logró reducir tasas de fecundidad gracias a sus programas de planificación familiar. En realidad obtuvieron resultados positivos. Llevamos dos sexenios en los que estas campañas prácticamente no existen.

El problema es que el gobierno federal no manifiesta su opinión sobre la sexualidad adolescente. No dice que está en contra ni a favor. Crea programas que se quedan en los escritorios.

—¿Existe algo nuevo en el embarazo adolescente?

—No hay datos cuantitativos, sólo cualitativos, pero notamos que ahora son más comunes los embarazos deseados en adolescentes. Esto está vinculado con una falta de motivación, no hay planeación a futuro en los adolescentes. La falta de empleo y oportunidades de educación los desmotiva y adoptan el embarazo como un plan de vida. Esto hay que estudiarlo a fondo.

* * *

La habitación de Andrea, podría ser la de cualquier chica de 19 años. Una montaña de muñecos de peluche adorna la base del buró, la pared junto a su cama está decorada con un collage de decenas de fotos de sus amigos, su familia y su novio, las repisas al lado de su cama están llenas de películas y discos de música.

Pero hay un objeto que no encaja con el resto de sus pertenencias: una cuna de madera que ocupa casi la mitad de la habitación. Su base está cubierta por una cobija rosa pastel con encaje. Pequeñas rayas horizontales recorren todo su perímetro, como si alguien las hubiera tallado con una navaja. Son las marcas de la dentadura de la bebé que duerme ahí. La molestia por la salida de sus primeros dientes le obliga a morder todo lo que encuentra, hábito común en los nenes de un año.

Se llama Isabela y comparte el cuarto con Andrea, su madre.

Es muy urbana la anécdota de cómo Benjamín conoció a Andrea. Viajaba a bordo del microbús Ruta 2 que va del Metro Chapultepec a Cuitláhuac cuando la vio por primera vez. Estaba sentada a su lado. Platicaron durante todo el trayecto. Y, por supuesto, le pidió su teléfono antes de bajar del autobús.

Comenzaron su noviazgo unas semanas después.

Los métodos anticonceptivos nunca estuvieron presentes en la relación de Andrea y Benjamín. “Soy muy distraída, nunca me hubiera acordado de tomarme las pastillas, y el parche me lo hubieran cachado mis papás”, reconoce Andrea. Ella confiaba en la exactitud de su ciclo menstrual. “Yo era muy regular…”, afirma, hace una pausa de segundos y continúa en voz baja: “…La verdad es que me apendejé”.

Se embarazó por primera vez siete meses después de conocer a Benjamín. Sus papás la llevaron a una clínica particular donde le practicaron un aborto por legrado.

Volvió a embarazarse. Un segundo aborto era inconcebible para ella. “Esta vez no me iban a quitar a mi bebé, por eso les dije a mis papás que estaba embarazada hasta que tenía cinco meses”.

Escuchar la revelación por segunda ocasión fue devastador. Sus padres no comprendían por qué Andrea sonreía de oreja a oreja.

“Yo estaba muy feliz, les dije que no se preocuparan porque yo quería tener al bebé. Por eso mi embarazo no se convirtió en un problema, para mí no era un problema”.

Andrea compró juguetes y ropa para niña, observaba por horas fotos y comerciales de bebés. “No planee embarazarme, pero cuando lo supe, me emocioné mucho. Siempre quise ser mamá, desde chiquita quería un bebé”.

* * *

Andrea no dejó de estudiar. Siguió asistiendo a clases en el Colegio de Ciencias y Humanidades durante su embarazo. Incluso entregó su trabajo final de Técnicas de Comunicación el mismo día que parió. Estaba en quinto semestre.

Desde que Isabela nació, su abuela la cuida en las mañanas mientras Andrea acude a la escuela. Hace un año concluyó el CCH. Ahora estudia en la UNAM. Cursó el primer semestre de la carrera de Actuaría y después se pasó a Administración de Empresas.

“Descubrí que se me dan los números pero no las letras, además me decidí a cambiar de licenciatura porque me gustan los negocios”. Andrea vende cosméticos Avon y zapatos del catálogo Price Shoes para cubrir los gastos de Isabela.

“Mis papás nunca me negarían unos pañales o verduras para su comida, pero es mi hija, yo pago por todas sus cosas”.

De vez en cuando las presiones de cuidar a Isabela hacen tentadora la idea de dejar la escuela y aceptar la oferta de Benjamín de mantenerlas a ella y a la niña.

“A veces me dan ganas de decir que sí… Entonces Jorge, mi novio, me convence de seguir estudiando, de terminar mi carrera. Tiene razón”.

* * *

En la habitación de Andrea hay una torre de videos. La caja de una de ellas resalta de entre las demás. Es Juno, el filme estadunidense sobre una chica de 16 años que se embaraza después de su primera relación sexual. Juno descubre que no está lista para ser madre y da su bebé en adopción.

A Andrea le gusta mucho la película, pero no se identifica con Juno. “Yo no hubiera dado en adopción a mi bebé, nunca podría hacer eso”.

Tampoco tendría otro bebé en este momento. “Apenas puedo con una. Por eso cuando el doctor me preguntó que si quería ponerme el DIU, luego luego dije que sí”.

Si una de sus amigas estuviera embarazada y buscara su consejo, Andrea sólo le diría una cosa: “Es tu decisión, ninguna opción es mala, siempre y cuando lo decidas tú.”

Isabela apunta hacia el techo de la habitación, de donde cuelga un canario Piolín de peluche montado en un globo aerostático también de peluche. “Quiere que lo baje, pero es un argüende”. Andrea escombra en una esquina de la recámara y saca un carrito en forma de cocodrilo.

Isabela sonríe, toma el carrito del asa y sale corriendo de la habitación. ¶

 

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