Inventó el celular, cambió el mundo y le pagaron un dólar por ello

Tecnología - Página: 54 - No.207

La increíble vida de Martin Cooper

Inventó el celular, cambió el mundo y le pagaron un dólar por ello

Bill Gates soñaba con instalar una computadora en cada hogar del mundo. Martin Cooper, por otro lado, soñó hace más de 36 años que cada persona en el planeta debía nacer con un número telefónico personal.

Era un cambio fundamental en esa época en que se llamaba a lugares, no a personas: para encontrar a alguien había que marcar a su casa, a su oficina o, con menos frecuencia, a su auto.

Cooper, junto con un reducido grupo de ingenieros, desarrolló y fabricó el primer teléfono celular de la historia. Desde entonces, billones de dichas unidades móviles se han vendido en todo el planeta.

Bill Gates ha sido durante años uno de los hombres más ricos del orbe. En cambio, el hombre que revolucionó la manera en que los humanos se comunican recibió un solo dólar por su invento.

Aun así, Cooper se considera la persona más afortunada del mundo. Basta hacer un breve recorrido por su historia de vida para creerle: hijo de inmigrantes ucranianos perseguidos por los cosacos, pasó una infancia con carencias, peleó una guerra y ahora visualiza un futuro en el que los celulares servirán para salvar millones de vidas.

Es Martin Cooper, el padre del celular, y emeequis conversó, en persona y por celular, con él.

Por Diego Mendiburu [email protected]

Fotografías: Christian Palma

La cuenta regresiva ha comenzado. En 10 segundos, la nave intergaláctica USS Constellation, piloteada por el valiente capitán Kirk, se estrellará contra una gigantesca arma alienígena que de no ser destruida podría acabar con decenas de planetas enteros.

–¡Caballeros, teletranspórtenme! –ordena el capitán, a través de su comunicador, pequeña caja dorada a la que le habla tras levantarle una tapa semitransparente.
–¡No podemos! –contesta el señor Spock, a miles de kilómetros a bordo de otra nave–. ¡Se ha dañado el teletransportador!

Zulu grita la cuenta regresiva. Quedan seis segundos. Kirk insiste.

–Caballeros, les sugiero me teletransporten ¡ahora!

Cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡Boom!

Un destello amarillo es lo que queda de la nave que, en curso de autodestrucción, como si de un kamikaze se tratara, conducía el capitán Kirk.

“¡Lo logramos, está de regreso!”, celebran los operadores de la máquina teletransportadora, al tiempo que el gallardo capitán Kirk, con su comunicador en la mano, regresa al cuarto de mando de la más famosa nave espacial de la historia de la televisión: el Enterprise.

–¿Es cierto que usted se inspiró en Star Trek para crear el teléfono celular? –pregunto a Martin Cooper, un menudo pero vigoroso señor de pelo y barba totalmente blancos, y unos ojos color azul semitransparentes que parecen casi ficticios.
–¡Oh, no! Esa confusión se debe a uno de los mayores errores de mi vida! –me contesta el llamado padre del celular, un ingeniero que en 1973 realizó la primera llamada desde un teléfono celular, el Motorola DynaTAC, que él mismo inventó.

Si se buscan las palabras Martin Cooper en la Wikipedia, la enciclopedia en línea más popular del mundo, se llegará al perfil de este ingeniero eléctrico al que se le atribuye la invención del celular porque “la serie Star Trek le sirvió de inspiración”.

–Hicieron una película llamada Cómo William Shatner cambió al mundo. Me pidieron participar en ella, diciendo que el capitán Kirk (Shatner) me había inspirado a crear el celular –recuerda Cooper, quien visitó el país hace unos meses para participar en la Semana de la Ciencia y la Innovación de la Ciudad de México–. Pero mi equipo de ingenieros había estado trabajando durante años en el celular antes de que apareciera Star Trek. Nosotros creamos el primer celular en 1973, pero trabajamos en el concepto desde mucho antes, a principios de los sesenta, con la idea de que la gente es móvil y había que darle un teléfono portátil a cada persona. Star Trek empezó hasta 1966. Para entonces ya teníamos clara nuestra filosofía: la gente es móvil, tiene que poder conversar donde quiera que se encuentre, y lo tiene que hacer a través de un dispositivo pequeño y ligero. Esa fue nuestra religión.

Cuando la serie Star Trek inició transmisiones en Estados Unidos, la idea de contar con un dispositivo portátil que sirviera para comunicarse con cualquier persona en el mundo y que fuera tan pequeño como para caber en la palma de una mano parecía una locura. Efectivamente, era un artefacto sólo posible en el universo de la ciencia ficción.

Pero Martin Copper lo hizo realidad. Y no sólo su trabajo parece sacado de una serie de tv o una película. El pasado familiar de este hombre es tan fantástico como el futuro que puso en nuestras manos.

“Justo como se ve en películas tipo Conan, el pueblo de mi familia era frecuentemente arrasado por cosacos”, platica Martin Cooper, consciente de que la historia parece increíble. De hecho, sus padres jamás se tomaron el tiempo de contarle ese pasado. Él lo conoció hasta que, siendo un joven, le presentó a su madre a la mujer con la que casaría.

“Mi padre ya había muerto para entonces y esa noche, mientras cenábamos, mi madre comenzó a contar todas estas historias, muchas de las cuales yo nunca había escuchado, sobre Rusia y su juventud. Ya era un hombre cuando conocí mi pasado, mis padres jamás me hablaron de ello cuando era un niño”.

Según Cooper, su familia tenía que esconderse con frecuencia de los cosacos, integrantes de comunidades militares que se extendieron en Ucrania y el sur de Rusia, que llegaban montados en caballos a arrasar y a matar gente de la aldea con sus espadas. Esto ocurría a principios del siglo XX, antes que empezara la Revolución bolchevique.

“Mi abuelo era el carnicero del pueblo. Ya estaba harto de las agresiones constantes, así que comenzó a ahorrar dinero para irse a América. Consiguió una carreta y junto con buena parte del pueblo formó una caravana que debía cruzar toda Europa. Pero para cuando habían llegado a Bélgica, ya se les había acabado casi todo el dinero”, relata Cooper.

El abuelo de Cooper decidió entonces, con el poco dinero que quedaba, enviar a sus dos hijos varones de mayor edad a Canadá, en donde sería más fácil encontrar apoyo del gobierno para trabajar, y así recabar dinero para que el resto de la familia llegara a América. Su padre, quien ya estaba casado con la madre de Martin, fue uno de los elegidos.

“No tengo ni idea de cuál era el nombre ruso de la familia –admite Cooper–. Cuando mi familia llegó a Canadá los recibió un oficial de Inmigración que les preguntó cuáles eran sus nombres. Escribió en el papel la palabra en inglés que más se asemejaba a lo que sonaba el apellido ruso de mis papás. Así mi padre terminó siendo Arthur Cooper. Y mi madre, Mary”.

Martin Cooper nunca ha visitado Rusia, mucho menos Ucrania. “Mis papás nunca me hablaron en ruso, siempre se expresaban en inglés. Y la única tradición con la que crecí fue la de respeto a los libros y al conocimiento, a la ética. Nada de lo que llamarías un legado ruso”.

El teléfono repica cinco veces. Por fin se escucha un “¿Hello?” al otro lado de la línea. Es Cooper, quien responde uno de sus cuatro celulares para seguir conversando con emeequis, desde la ciudad de Los Ángeles, donde preside una empresa de telecomunicaciones.

Cooper nació en Chicago, Illinois, el 26 de diciembre de 1928, el año de la gran depresión económica que asoló a Estados Unidos. Pero su familia ya estaba curtida y nada haría que los padres de Martin se dieran por vencidos: le darían la mejor educación posible a sus hijos.

“Mis padres siempre lucharon por tratar de elevar nuestro nivel de vida, así que decidieron ir a Chicago porque pensaron que ahí podrían empezar un negocio. Lo intentaron, pero fracasaron. Pusieron una lavandería y los engañaron, los tranzaron. Se regresaron a Winnipeg, Canadá, montaron una verdulería y ahí sí fueron exitosos. Cinco años después decidieron volver a intentar en Chicago”.

Cooper creció rodeado de libros. Comenzó leyendo cuentos de hadas, luego libros de fantasía, un poco de mitología y al cabo se volvió adicto a la ciencia ficción.

“Mis padres trabajaron muy duro, de manera independiente. Nunca fueron empleados de nadie. Por tanto, pasé mucho tiempo solo; quizá por ello desarrollé mi imaginación. Siempre he vivido en el mundo de la fantasía y la ciencia ficción, puede que ello influyera en que me hiciera ingeniero”, especula Cooper, quien al igual que Bill Gates y otros cerebros del mundo de la tecnología y la computación la pasó difícil en la escuela cuando era adolescente.

“Nunca fui bueno para el deporte. En la escuela, los niños con mayor aptitud para el deporte son los más populares. Siempre fui aplicado, pero tenía muchos problemas para hacer amigos los primeros años. Cuando se hacían los equipos para el partido de béisbol, era el último al que escogían. Fue hasta la adultez cuando decidí que si trabajaba suficientemente fuerte podía hacer cosas atléticas, pero durante años me decía yo mismo que no tenía habilidades y no hacía nada”.

La lección para él fue clara. “Si trabajas duro puedes hacer cosas. Por eso ahora juego tenis. Durante muchos años monté a caballo y me volví un buen jinete. Si tienes un defecto, de alguna manera tiendes a compensarlo; si tienes una gran debilidad tendrás una gran cualidad para compensarla. Una de mis debilidades era la cuestión atlética, y quizá por ello tuve que trabajar mucho en otras áreas. Ninguna cosa que valga la pena se consigue fácilmente. O, dicho de otra manera: para ser valioso tienes que trabajar muy duro. Alguien a quien todo se le facilitó, puede que tenga una desventaja: jamás aprenderá que las cosas valiosas en la vida son difíciles de conseguir”.

Y para poder estudiar una licenciatura, Martin Cooper tuvo que ir a una guerra.

“Fui muy afortunado –dice Cooper cuando se le pregunta por qué tuvo que enrolarse en el ejército de Estados Unidos durante la guerra en Corea–. Mis padres no eran adinerados, pero incluso así se las arreglaron para permitirme vivir cómodamente. Pese a que éramos pobres, siempre estuve seguro de que asistiría a la universidad. La pregunta era cómo. Afortunadamente, en Estados Unidos existe un programa que paga los estudios a cambio de que durante los veranos te enroles en el ejército. Y cuando te gradúas de la universidad debes pasar por lo menos tres años en servicio. Es una obligación”.

Tras haberse recibido como ingeniero eléctrico, Cooper sirvió en la Marina de Estados Unidos justo cuando se produjo la guerra en Corea, a inicios de la década de los cincuenta. Fue asignado en principio a un buque de guerra, posteriormente se convirtió en oficial del USS Tang, un submarino que, afortunadamente, nunca entró en acción.

“Terminó siendo una experiencia fantástica por varios motivos. Primero, porque pagaron mi carrera universitaria. Pero, además, aprendí muchas lecciones sobre el trabajo en equipo; viajé a otros países a los que jamás hubiera ido de no ser por esa experiencia. La Marina me ayudó a crecer”.

Esa aventura bélica tuvo para Cooper otra inesperada faceta: le enseñó a ser líder. Y lo dice en serio.

“Un liderazgo no se ejerce sólo en virtud de la autoridad; lo que hay que hacer es inspirar a la gente e infundirles tus sueños. Aparte, tienes que demostrar que eres hábil y capaz de ejecutar las mismas tareas que ellos. Ese entrenamiento fue extraordinariamente importante cuando encabecé al equipo de personas que creó el celular. Porque yo no hice sólo ese primer teléfono móvil. Fue mi idea, pero se realizó entre un montón de personas, y yo era como su porrista. Tuve que buscar a los mejores diseñadores e ingenieros y convencerlos de que era una idea maravillosa trabajar día y noche, durante tres meses, para crear el primer celular”.

Cuando Martin Cooper firmó en 1954 un contrato laboral con Motorola, pensó que se había sacado la lotería. Trabajaría en lo que era en ese tiempo una pequeña empresa que le permitiría total libertad creativa, sin tener que lidiar con jerarquías autoritarias como las que lo hicieron rechazar una propuesta del trabajo en Bell Laboratories, la firma fundada por Alexander Graham Bell y que en ese entonces lideraba el desarrollo de tecnologías de comunicación inalámbrica.

“Bell Laboratories –que luego formó parte de la empresa AT&T– era la organización de investigación científica más grande del mundo. Estaban haciendo cosas desde muchos años antes. Ellos idearon el concepto del teléfono móvil en 1946. Era un programa a largo plazo, bien organizado. Desde luego, algún día podrían haber llegado a inventar el teléfono celular, pero nosotros creíamos que iban muy lento. En una compañía chica, con gente inspirada, se pueden hacer las cosas que las otras personas ni siquiera se imaginan”.

Cuando Cooper ingresó a Motorola y aceptó ceder todos sus inventos a la compañía, no sospechaba que gracias a su trabajo la empresa se convertiría en uno de los gigantes de la telefonía, cuyos ingresos por la venta de celulares llegaron a representar dos terceras partes de sus ganancias. Y todo gracias a Martin Cooper, quien a cambio únicamente recibió un dólar extra en su salario por haber inventado el celular.

–Vivo muy cómodamente, pero la mayor parte del dinero que tengo ahora lo gané después de haber dejado Motorola –reconoce Cooper–. Me siento muy afortunado por haber llegado a Motorola, pero en ese entonces firmé un documento mediante el cual le cedía todas mis invenciones a la compañía. Me dieron un dólar.

–¿Está diciendo que la persona que creó el celular recibió un dólar a cambio nada más?
–Así es. Y aun así me siento la persona más afortunada del planeta. Lo que Motorola me dio vale más que cualquier cosa que el dinero pudiera comprar. Me dieron la oportunidad de concretar la visión que tuve.

Cooper tiene razón. Otros laboratorios le apostaban totalmente a los teléfonos dentro de automóviles. Había muchas razones para pensar que los teléfonos móviles nunca saldrían de los autos: seguían funcionando con tecnología muy básica, eran muy pesados y gastaban mucha batería. Parecía imposible diseñar algo lo suficientemente pequeño como para llevarse consigo. El único que pensaba que cada persona debía traer un celular en la bolsa del pantalón era Cooper, quien en 1970 fue nombrado ingeniero en jefe de proyectos portátiles de Motorola.

“Hace 37 años las personas llamaban a lugares. Ahora marcan a personas. Es un cambio muy profundo –piensa el inventor del celular–. Cuando hicimos el celular no existía la tecnología para crear un teléfono portátil que de verdad fuera práctico, ligero y pequeño. Había teléfonos portátiles, pero prácticamente tenías que ir cargando un portafolio. Yo no inventé ese primer teléfono solo, había muchas personas trabajando en él, pero mi visión era que ese teléfono podía ser práctico algún día. Para construir ese primer teléfono tuvimos que utilizar miles de piezas de manera que jamás se había hecho antes. Tuvimos que crear tecnología completamente nueva”.

Sorpresivamente, a Cooper y a su equipo les tomó tres meses desarrollar el prototipo del primer celular. La mañana del 3 de abril de 1973, en una calle de Nueva York, frente a un grupo de periodistas y muchos ejecutivos atareados, Martin Cooper hizo la primera llamada a través de un celular.

¿A quién le llamó? Al doctor Joel Engel, el jefe de investigación y desarrollo de Bell Labs, sus archirrivales.

La gente lo volteaba a ver sin entender qué pasaba: un hombre estaba en una esquina hablándole a una pequeña caja blanca pegada a su oído. Y Cooper casi no sobrevive para contarlo: al hacer la segunda llamada experimentó en carne propia uno de los clásicos peligros que, ahora sabemos, conlleva hablar por celular: casi lo atropella un taxi neoyorquino.

“¡La batería solamente duraba 20 minutos –recuerda Cooper–, pero de cualquier forma, como pesaba un kilo, no podías mantenerlo en tu oreja por más tiempo!”.

Motorola comercializó el primer celular hasta 1983. Era una versión mejorada del prototipo que usó Cooper. Costaba 4 mil dólares de esa época. Pero ya para entonces el padre del celular había abandonado a la compañía que él había ayudado a hacer grande.

Llevo hablando más de 40 minutos con el inventor de uno de los objetos tecnológicos fundamentales de nuestros tiempos, galardonado con el premio Príncipe de Asturias 2009 en el campo de la ciencia y el desarrollo técnico. Y aun así, siempre amable, Cooper me dice que no hay prisa, que puedo seguirle haciendo preguntas. “Puedo platicar contigo por todo el tiempo que dure la batería de mi celular”, bromea del otro lado de la línea.

Según la International Telecommunication Union, para finales de este año existirán 4.6 billones de líneas celulares en el mundo. Es decir, casi 5 billones de personas tienen en estos momentos un celular. Desde luego, muchas de ellas han tenido más de un aparato a lo largo de su vida, pero lo han cambiado por mejores modelos o han tenido que comprar otro por robo o extravío.

¿Cuánto dinero tendría Cooper si le hubiesen dado un dólar por cada aparato celular vendido?

“Soy rico más allá de la imaginación en lo que se refiere a felicidad, satisfacciones y realización personal”, responde Cooper siempre que alguien le pregunta sobre su situación económica. Tampoco es que sea pobre: tras su salida de Motorola fundó varias empresas, y actualmente encabeza Arraycomm, especializada en desarrollar antenas inteligentes para telefonía celular. En lugar de bañar un área específica con señal, como lo hacen las antenas actuales, desperdiciando buena parte de su energía, las antenas inteligentes se conectan directamente con los aparatos.

“¿Qué otro sentido tiene estar vivo además de cumplir metas y hacer cosas? Claro, a mis 80 años podría estar tirado en una playa o esquiando en Aspen, pero eso vale la pena hacerlo de vez en cuando. Mientras tenga capacidad de contribuir en algo, lo seguiré haciendo”, argumenta.

Cooper tiene muy claro cuál es el siguiente paso en telefonía celular: ya no cargaremos con celulares, sino que los tendremos incrustados en el cuerpo. No sólo para comunicarnos, sino para que nos salven la vida.

“La promesa del futuro es que en lugar de curar enfermedades podremos anticiparnos a ellas y prevenirlas, evitar que sucedan”, dice.

Chips injertados en nuestro cuerpo van a monitorear nuestras funciones vitales, enviando esa información constante e inalámbricamente a una computadora o inclusive a nuestro doctor. Por ejemplo, si nuestro cuerpo comienza a dar señales de que se avecina un infarto, los chips mandarán esa información a una computadora que en automático nos recomendará tomar una pastilla que potencialmente podría evitar el paro cardiaco.

“Un parche parecido a un curita puede actualmente medir 39 funciones del cuerpo humano, como la temperatura de la piel, el ritmo cardiaco, la presión sanguínea y muchas más –explica el inventor–. Hay que obtener esa información y analizarla en una computadora. Lo importante es medir las funciones del cuerpo constantemente, no una vez al año en un chequeo médico. Así, se le podrá avisar a una persona, por lo menos con dos horas de anticipación, que le va a dar un infarto, para que se tome una pastilla que puede costar unos cuantos centavos, ahorrando millones de dólares en atención médica año con año”.

Hablar con el hombre que inventó el celular a través de la línea telefónica tiene un encanto distinto al día en que estuvimos frente a frente. Pero Cooper admite que no hay nada como conversar con alguien que se tiene ante uno.

“Hace dos semanas estuve en una reunión con una persona muy importante, con doctorado, y mientras yo hablaba el tipo picoteaba su celular constantemente. ‘¡Qué grosero!’, pensé, pero resulta que no estaba siendo grosero, sino que estaba escribiendo en Twitter lo que yo le decía. No lo entiendo. Cuando converso con alguien quiero que me mire a los ojos. Pero todos esos problemas se resuelven. La gente aprende a usar la tecnología”. ¶

 

Deja un comentario

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Revista emeequis

Desplácese hasta la parte superior