PiraterÃa, culpa y justicia social
Desde este oscuro rincónPor Guillermo Merelo
Los conceptos de justicia e injusticia necesariamente varÃan en relación con el contexto. En un contexto dominado por la voracidad empresarial y en la que su mayor motivación es construir mundos ideales de consumo, el derecho al lujo ocupa un importante papel en la batalla contra la polarización social.
Me explico:
En la medida en que la cohesión social es no sólo deseable sino indispensable para el nivel de estabilidad de cualquier nación, combatir los agentes que la afectan es una responsabilidad no sólo gubernamental sino del mismo empresariado. La polarización del ingreso es un agente nocivo de primera lÃnea.
México es un paÃs con altos niveles de polarización del ingreso, es decir, de desigualdad distributiva. En territorios definidos habitan tanto acaudalados personajes que pelean un lugar en Forbes, como individuos que sobreviven con salarios mÃnimos.
La convivencia entre ricos y pobres no es nueva, históricamente los primeros han sido demandantes de servicios de los segundos. Entonces, ¿qué es lo que ha variado en los últimos años? La forma en que los conceptos del lujo viajan entre los distintos estratos económicos de la población.
Con la evolución de los medios de comunicación, la transmisión masiva de un estilo de vida “deseable”, acuñado por los empresarios, comenzó a influenciar de manera significativa el desarrollo y consumo de satisfactores cada vez más orientado a lidiar con los problemas superficiales de la vida cotidiana. La suma de estos productos dio origen posteriormente a la gran idea del siglo XX: la comercialización horizontal, no de productos, sino de estilos de vida.
Los anuncios comerciales de los años cincuenta producidos en Estados Unidos ya no vendÃan dentÃfricos, lavadoras o refrigeradores, sino los primeros caminos socialmente aceptables a la felicidad.
Actualmente muchos de los productos acuñados a los largo de estas décadas han transitado de la superficialidad a la necesidad real como códigos de comunicación y convivencia.
Imaginemos a un niño en su ambiente escolar, en el que las presiones de este mundo comercial son visualizadas de manera potencialmente mayor. AhÃ, el acceso a satisfactores relacionados con el entretenimiento son moneda de cambio para el establecimiento de la convivencia. Un niño que no comparte una base de conocimientos en torno a lo mediáticamente deseable, se encuentra en situación de desventaja para la convivencia, lo que eventualmente podrá desencadenar desde la marginación momentánea, hasta la afectación permanente del autoestima. Los niños, independientemente de esta situación, se convertirán en factores de presión para obtener el satisfactor correspondiente. Después de todo, el modelo económico empresarial está construido para que asà suceda.
Ahora intentemos visualizar esta situación a la luz de la polarización del ingreso.
Una familia con ingresos derivados del salario mÃnimo se encontrará con la necesidad de cubrir satisfactores primarios, pero también los secundarios relacionados con el desarrollo de sus hijos. Dentro de los factores de desarrollo se encuentran aquellas herramientas para lidiar con la vida diaria. Y en ese sentido el derecho al entretenimiento que todos tenemos ocupa un lugar importante.
“Papá, quiero que me lleves a ver la última pelÃcula de Fulano de Tal”. El padre se tronará los dedos porque el salario que percibe en una fábrica de empaques para videos, apenas si le permite pagar los gastos indispensables para vivir y educar a sus hijos. Pensar en acudir a una sala de cine con su familia le significa algo asà como el equivalente a una semana de trabajo. Comprar un pelÃcula en cualquier almacén equivale a dos dÃas de alimentación.
¿Qué hacer entonces?
La encrucijada entre el bien y el mal depende del lugar que se ocupa en la cadena alimenticia social. Si uno se encuentra en esta situación y encuentra de repente en la calle un puesto de pelÃculas piratas en la que se vende a 20 pesos el satisfactor requerido, habrá algunas consideraciones que atraviesen por la mente.
La piraterÃa se equipara al robo. Claro que sÃ, pero el grado de culpabilidad que históricamente se ha tenido en relación con el robo ha estado asociado a quién se le roba y bajo qué circunstancias (el que no lo crea, recurra al cliché de Robin Hood).
El robo asociado a la piraterÃa pone en riesgo millones de empleos en el mundo. Aunque de peso, este argumento se desmorona ante fenómenos como la reciente huelga de escritores de Hollywood, quienes reclamaban un trato injusto en la repartición de las ganancias de billones de dólares que capta la industria del cine y sus derivados.
Luminarias ataviadas en pieles, bajando de sus limos, sonrientes ante las cámaras, no parecen decir “la piraterÃa afecta mi glamuroso life style“. Después de cobrar algunos millones de dólares por prestar su voz para una producción de dibujos animados de menos de dos horas, poco los afectará la piraterÃa.
En este sentido la piraterÃa es un delito, no cabe duda, pero su naturaleza variará siempre en relación con la posición que uno ocupa en el entorno social. Si la ley ha previsto no encarcelar a nadie por robar para comer, qué queda de los alimentos mentales fabricados por el sector empresarial y que se han transformado en satisfactores inalcanzables.
Ahà dejo la pregunta.










