Mercados culturales
Desde este oscuro rincónPor Guillermo Merelo
En mis viejos días de escuela, en una institución de este mundo neoliberal, comencé a observar de cerca el fenómeno del arte y las políticas culturales en contraste con una peculiar concepción de gobierno. Algunos de mis más queridos profesores se referían a la construcción de un mercado cultural autosustentable, como una necesidad inminente para las finanzas públicas.
Hace poco volví a escuchar esta idea en boca del presidente Felipe Calderón y comencé a escudriñar en mi cerebro el porqué nunca me convenció del todo.
El mundo neoliberal ha irrumpido de manera agresiva en nuestra vida, invadiendo cada rincón en busca de dos cosas: nuestra capacidad para generar riqueza y su contraparte para emplearla en la adquisición de bienes.
Así, el Estado tiene, ahora, la difícil labor de lograr equilibrios entre las pretensiones del sector empresarial y el futuro deseable para sus gobernados. Es claro que en este entorno destacan prioridades relacionadas con el empleo, la alimentación, la salud y la provisión de servicios públicos.
La educación juega un papel fundamental en dichas prioridades. Como fenómeno integral, el modelo educativo se compone de diversas pretensiones sobre las necesidades que los educandos tendrán al concluir su ciclo de formación, por lo que nuestro mediador –léase Presidente-, elegido democráticamente, no puede ignorar que un ciudadano requiere herramientas para lidiar con la voracidad de un modelo que difícilmente cambiará en décadas. Él se debe, en primer lugar, al desarrollo y protección de sus gobernados, por lo que debe orientar su labor en ese sentido.
No obstante, el modelo educativo comienza a transformarse exclusivamente en respuesta a las necesidades de los empresarios. En consecuencia, desde la primaria hasta la universidad las instituciones públicas y privadas maquilan profesionistas o técnicos con “mejores cualidades” para insertarse en el “mercado laboral” y pocas para construir formas alternativas para sobrevivir al modelo.
Por su parte los empresarios llenan nuestra vida con productos de fácil comprensión, limitado contenido y caducidad pronta. No venden sólo productos, sino estilos de vida efímeros. Los medios no escapan a esta realidad, y es en ésta en donde se inserta el problema del arte.
Siempre será sencillo ocupar nuestros momentos de esparcimiento viendo la mejor programación del Canal de las Estrellas; después de todo sus contenidos son hechos para llenar espacios vacíos con productos de igual naturaleza. Si bien por esto no puede condenarse a los individuos —cada quien hace con su tiempo libre lo que le viene en gana— sí es condenable para el Estado, que simplemente presencia cómo la telebasura y sus derivados se erigen como la única opción de entretenimiento para una sociedad que pierde día tras día su capacidad crítica, creativa y de visión en torno a la realidad del mundo, en lugar de entender que un mercado artístico requiere tanto de la formación de creadores como de público que se nutra de su labor.
Este monopolio afecta directamente a las expresiones artísticas, disminuyendo la afluencia a las salas y museos, la venta de libros o, incluso, la asistencia a actos masivos de carácter cultural. A nadie parece importarle.
Cuando el Estado anuncia la necesidad de crear un mercado artístico con retorno de inversión al 100 por ciento, destaca su corta visión en torno al fenómeno y su falta de responsabilidad en relación con su deber de formador. Es admitir haber perdido la batalla y simplemente hacerse a un lado dejando de asumir su papel natural de protector de la escena cultural mexicana.
Es claro que la constitución de un mercado artístico con retorno de inversión tendría que ser un derivado accidental de una política y no su objetivo motor. Países con la mitad del bagaje artístico de México instrumentan políticas de desarrollo en la materia las cuales no sólo comprenden apoyo a los creadores, sino la inclusión de contenidos en los programas educativos desde la infancia. Tras alcanzar exitosamente sus objetivos estas políticas, de manera natural crean un mercado en el cual no se frena la participación estatal, sino que los recursos adicionales se emplean para su evolución constante.
Sin una formación integral —en la que el fenómeno del arte ocupa un lugar preponderante para entender nuestra historia, nuestra cultura y, particularmente nuestra capacidad creativa— dejar los espacios culturales al libre mercado es condenar en el mejor de los casos al elitismo y en el peor a la extinción a esos espejos de evolución o transformación de la realidad nacional.
Al conocer los resultados de las diversas evaluaciones internacionales en materia de educación, observamos el bajo rendimiento escolar e inmediatamente condenamos al modelo educativo. El gobierno entonces anuncia estrategias de mejora —la mayor parte de las veces no llevadas a cabo— para brindar al empresariado lo que necesita. En contraste, si millones de ciudadanos presentan problemas de comprensión o apreciación del fenómeno artístico del país, simplemente se ignora la importancia del campo para su vida, se les abandona y, posteriormente se exige a las pocas instituciones culturales hacer arte rentable. El arte es entonces un lujo.
En el arte destinado a la ciudadanía en general, las matemáticas son secundarias, de lo contrario esperaríamos que el costo de cada obra que forme parte de nuestro acervo público fuera “recuperado” en la taquilla del museo, o en su defecto vendido por su “baja rentabilidad”.
En una nación ideal, junto a ingenieros, abogados y médicos, debe existir espacio para escritores, bailarines y pintores. Si bien el mercado natural —neoliberal y abusivo— no demanda su presencia, no puede condenarse a la extinción al mundo artístico.











Enero 23rd, 2008 a las 1:06 pm
Maestro, me congratulo de tener acceso a sus ideas.